Un capuccino grande con leche de soja, por favor.

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-Un capuccino grande con leche de soja, por favor.
– ¿Su nombre?
– Xiana
– Perfecto, son 6,25 €.

Xiana cogió el vaso desechable con su nombre escrito en él –en realidad ponía Anna- y salió a la calle. Bebió un trago y no le supo como de costumbre, pero imaginó que habían cambiado la marca de la leche de soja o que quizá era porque se acababa de lavar los dientes y, como tenía prisa, siguió andando sin volver a la famosa franquicia de cafés a reclamar.

Algunos meses antes, Manolo había vendido el bar que había heredado de su padre, recién fallecido, porque no había sido capaz de mantenerlo a flote en unos tiempos donde los clientes de toda la vida se habían empeñado en visitar a San Pedro uno tras otro y los nuevos clientes preferían pagar por un café en vaso de papel el triple que por uno en una barra de metal donde parecía que siempre estaban colocando los platos y las tazas en una estridencia constante. Como por arte de magia o de una intervención del equipo de arquitectos y decoradores del programa de Chicote (hola Enrique), apenas unas semanas después en el que había sido durante 70 años el Bar Manolo lucía el letrero verde con letras blancas, sonaba un jingle tras otro y olía a canela con jengibre y leche muy caliente.

Joseinacio, el padre de Manolo, era un asturiano que llegó a Madrid con una maleta, algo de iniciativa y bastante de “no queda más remedio”. Entró de camarero en un bar que al cabo de los años terminó siendo suyo y, en agradecimiento, bautizó a su único hijo con el nombre del establecimiento que se convirtió en su hogar en la gran ciudad.

Manolo tenía nombre de bar y una lista interminable de facturas a las que hacer frente dirigidas a Manolo: bar y persona.

Empezó a buscar trabajo en una época de crisis donde hasta los camareros sobraban en la ciudad que nunca duerme (porque  Madrid hacía cuentas por la noche y cola en los comedores sociales de día). Y el azar o el karma o el espíritu de su padre le colocaron detrás de un mostrador lleno de muffins, con un delantal verde y una instrucción muy clara “nunca escribas un nombre bien”. Sí. En la franquicia que habían inaugurado donde antes estuvo Bar Manolo.

Nunca fue nuestro protagonista amigo de conformismos y quizá la poca sangre minera que aún le quedaba fue la que le empujó a planear su pequeña venganza. Criado entre los efluvios de Soberano y Anís del Mono, las recetas del café verde se iban a transformar.

Manolo convirtió los Frapuchinos, Chai tea o Capuccinos con leche de soja en carajillos, sol y sombra , café con gotas (de orujo) o café con leche en vaso de caña que metía dentro del vaso de papel. El efecto “el traje nuevo del emperador” jugaba a su favor y los clientes solían fijarse más en los errores en sus nombres escritos en los vasos que en el sabor peculiar de las bebidas –qué innovadores son estos afranquiciados con sus nuevos sabores de temporada-.

Tras el café llegó el turno del mostrador de dulces. Un día quitaba una enorme cookie y ponía una campurriana. Otro día sustituía un muffin de arándanos por una magdalena de La Bella Easo. Los sobaos  en pack de dos y envueltos en plástico eran las nuevas tartas de zanahoria y los churros y las porras comenzaron a campar a sus anchas entre yogures bío con arándanos, tupper con algo que una vez fue fruta fresca y los pain au chocolat.

Nadie sabía de dónde venían los pequeños cambios pero todos asumían que de un escalón más arriba de la jerarquía y estaban entrenados para no cuestionar a la autoridad. Por eso disimularon su extrañeza al ver el mostrador de canela, palitos de madera, azúcar moreno y nuez moscada cubierto de botes con mondadientes unidos a servilleteros rectangulares de metal rellenos de servilletas de las que ni secan ni absorben.

Fue sorprendente que “Campanera” se convirtiese en la sintonía de apertura del café. Tan sorprendente como que apareciera una tele en la esquina sobre un soporte en ángulo recto que emitía a Ana Rosa por la mañana y el fútbol –el que fuera- por la tarde. Algunos medios se hicieron eco de cómo la famosa cadena norteamericana se había ido adaptando a la idiosincrasia española y lo celebraban como una pequeña victoria local.

Pero en un país donde los superhéroes se llaman SuperLópez la venganza de Manolo no podía salir bien. Mantener los costes de su hazaña superaba con creces los ingresos que las multinacionales pagan por un trabajo imprescindible pero, para los que toman las decisiones, menor. Y el brandy, el coñac, el orujo y las campurrianas salían del presupuesto que a Manolo le quedaba después de invertir su ínfimo sueldo en pagar las facturas pendientes, el alquiler del piso y los plazos de un implante capilar que nunca arraigó. Sus ideales le llevarían a la ruina si no asumía pronto el ínfimo papel de figurante que le había asignado la vida.

Algunas semanas después nadie echaría en falta ni las campurrianas, ni las gotas en el café ni a aquel camarero tan taciturno. ¿Cómo dices que se llamaba? ¡Ah, sí! MaMolo.

 

La semilla de este cuento la puso Puri en un mensaje:

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A Xiana (y a mí) nunca nos escribirían bien el nombre a la primera ni aunque no fuera norma de la casa escribir mal los nombres.

Manuel se queja de que su nombre no pueda escribirse mal.

Estaba escuchando este disco mientras escribía el cuento: “Just a matter of maners” de Pike Cavalero

Mi asesinato en IFEMA

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Nada me hacía presagiar, cuando sonó la alarma del móvil aquella mañana a las 6:45 h con Bridges Burning de los Foo, que sería la última vez que la oiría. No sucede nada distinto el día que te matan, hasta que te matan. O quizá soy yo, que nunca he sido carne de sextos sentidos o especialmente sensible a las señales que llegan del más allá. No te sientas delante del desayuno y piensas que ese es el último café que vas a tomar. Qué demonios. De haberlo sabido podría haberme permitido un capricho en el Starbucks que está de camino al recinto ferial. Total, qué son 10 € y 2000 calorías de más si en unas horas estarás muerta.

Tampoco se pronunció mi instinto al entrar a la feria de productos de higiene bucal. No tuve dolores febriles premonitorios ni fiebres delirantes fruto del trance. El día estaba siendo tan anodino que habría caído en el olvido si no hubiese tenido un final fatal -fatal para mí y probablemente para la camisa del tipo al que le salpicó la sangre de mi cuerpo tras el primer disparo-.

Una persona normal como yo nunca se plantea que puede ser asesinada a sangre fría y de forma intencionada. No parece fácil imaginar qué motivos o razones pueden llevar a una persona conocida o desconocida -conocida, en mi caso- a disparar cara a cara sin un móvil económico, sin intención de vengar una afrenta, sin algo que responda a la pregunta que todos se hicieron en mi funeral “¿Por qué?” sin usar la única respuesta válida en este caso “porque sí”.

Si mi vida hubiese valido la pena tanto como para ser llevada al cine, la actriz que haría de mí habría avanzado por el largo pasillo cubierto de moqueta ferial de color negro poco después de acreditarse a la entrada de IFEMA. Y probablemente la acreditación se deslizaría una y otra vez entre sus pechos, voluminosos y firmes. Qué menos que buscar una actriz que mejorara la realidad. Y que la mejorara mucho. Aunque, quizá, con tanta mejora, el público podría encontrar en su belleza una excusa para el asesinato (ya sabemos que en la narrativa social en la que vivimos es más fácil culpar a la víctima que al verdugo). La actriz que haría de mí habría llegado hasta el stand nº 45, de seda dental de sabores -no dejen de probar la de canela, yo ya no podré hacerlo- y habría saludado afable a compañeros y vecinos de feria. Eso era lo que estaba haciendo cuando me llegó un mensaje de una persona con la que compartí amistad y juegos de infancia hasta que su estado de facebook pasó de “es complicado” a “just married”. Para intentar que mi relato permanezca inmutable a sus juicios de valor, trataré de ocultar el sexo de mi asesino. O asesina. En realidad su sexo no cambia el hecho de que estoy muerta, de que he sido asesinada. Pero si mi asesino es un hombre ustedes pueden pensar que hubo un asunto de corazón detrás -sabiendo como saben de mi heterosexualidad practicante- y, si por el contrario, mi asesina fuese una mujer, podrían atribuirlo a la leyenda urbana que nos enemista desde el nacimiento hasta la muerte con el resto de las mujeres de las que nos rodeamos. Y ni un cosa ni otra.

En los últimos días distintas personas de mi pasado lejano se habían puesto en contacto conmigo por causas muy diversas, así que el mensaje de “hace años que no nos vemos ¿dónde estás? me acerco” me sorprendió pero no tanto como si lo hubiese recibido un mes atrás, antes de las reapariciones.
Si hubiese leído más casos de Sherlock quizá todo me habría parecido lo suficientemente inusual como para sospechar de las ganas repentinas y urgentes de encontrarnos.

Repentino.
1. adj. Pronto, impensado, no previsto.

Supongo que si sales de casa con una pistola cargada, una pistola que sabes usar -¿ustedes han disparado alguna vez una pistola? Yo no, no habría sido capaz de acertar a nadie con un arma sin haber practicado antes- no es algo repentino. Para la persona que me asesinó, no. Aunque lo fue para mí, sin duda..

Ni siquiera tomamos un café. Mi sonrisa ante su figura acercándose por el pasillo central que yo misma había atravesado dos horas antes no llegó a desvanecerse porque la bala llegó más rápido a mi cuerpo que la velocidad de procesamiento mental que me habría permitido hilar lo que sucedió en mis últimos segundos de vida: el brillo de la pistola en la mano de una persona que fue amiga y un disparo dirigido a mí. Yo, una persona corriente, comercial de una empresa de seda dental de sabores, sin grandes amigos ni grandes enemigos, sin grandes pasiones ni grandes tristezas, con una vida confortable y anodina, invisible, fui asesinada por quien solía compartir conmigo los helados en las tardes de los veranos en los que aprendimos a crecer.

He terminado este cuento escuchando esta canción:

Viento. Susurro. Sueño. 

  

El viento sueña con tus susurros a su espalda.

Sueño que los susurros se convierten en viento.

El viento sueña con ser susurro.

Los susurros del viento que sueñan.

Sueño que el viento me susurra su aliento.

El viento susurra sus sueños.

El viento sueña en susurros.

El susurro que el sueño convirtió en viento. 

El sueño que vence al susurro del viento.

(Las cartas forman parte de un divertido juego de magia que Jorge Blass nos ha inducido a hacer en una entregs de premios)

Aurora y las fresas

Paul Delvaux, Coiffeur pour dames, 1933

Desde que quien ya no le contaría más historias le confesó entre copas que en sus tiempos de frutero meaban sobre los tomates verdes para acelerar su proceso de maduración, Aurora se afanaba en lavar con mimo y detalle no solo los tomates, también, entre otras cosas, las fresas que tomaría para cenar.

Aurora, en su ocaso, volaba entre mariposas blancas confundidas con dientes de león y personas de pasado desconocido, escondiendo entre las sábanas lo que ya ni intuía entre las piernas.

Buscaba un abrazo perdido con un detector de metales de principio a fin de la arena de la playa que el mar de sus pesadillas bañaba a diario porque el laberinto de su subconsciente había decidido salir de una casa tras otra en un coche tras otro para ir a parar a un acantilado. Y a otro. Como no le daba importancia al significado de lo onírico, simplemente se entretenía buscando dormida lo que había perdido despierta. Por si estaba por allí.

Escuchaba los matices que tenía su silencio, aprendía la diferencia entre la seriedad y el enfado y comprobaba todos los días que los ojales seguían fuertes, evitando que se desabrochara del suelo.

Aurora llora rocío al amanecer. Y lava las fresas con mimo y cuidado pensando que, quizá el frutero, aceleró, él también, su proceso de maduración.

El cuadro, “Coiffeur pour dames“, Paul Delvaux (1933).
Una canción (que se entrelee en el texto) “En paz” de LFBarrio*. 
Otra canción (que también se entrelee en el texto) “Prudentemente alérgico” de LFBarrio
Un libro, “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez.

 * No he encontrado esa canción en ningún sitio en internet, así que pongo una foto del libreto del disco

En paz, LFBarrio

 

Mi primera estrella Michelin

Roald Dahl La Cata

Sonó el teléfono a primera hora de la mañana “Ha llegado el día. Irá hoy. Tenlo todo preparado”.

Rodolfo Lapputti puso en marcha en 1985 una guía Michelin alternativa que elevaba al cielo de la gastronomía doméstica o condenaba al infierno de la tortilla de patatas recalentada en el microondas y cubierta de ketchup a los hogares que visitaba. Como en una sociedad secreta, las personas que se encargaban de cocinar en cada casa de la pequeña (o gran) ciudad se miraban con recelo en la cola de la pescadería o cuchicheaban al paso de la última víctima que no había sido capaz de encontrarle el punto a la lasaña de espinacas, gulas y gamonedo y que, desde entonces, sobrevivía, junto a su familia, a base de productos cárnicos de dudoso origen a 1€ en el súper del barrio. Todos sabían lo que allí se cocía -cómo resistirse a usar esa frase- aunque nadie había visto nunca tan venerado documento. No era difícil reconocer a las vacas sagradas -de nuevo, imposible resistirse- que habían sido honradas con hasta 3 estrellas Michelin -sin tilde, porque es Mishelán, engolado- por platos como el nido de patatas con huevo escalfado y codorniz ponedora poniendo, el volcán de sopa de cebolla sobre arenas movedizas de picadillo o bacalao al pilpil estilo tradicional pero servido en vaso de chupito, recuerdo de Benidorm, porque entraban a la carnicería por una alfombra roja hecha de lengua de vaca y le preguntaban a las cabezas de cordero -traídas directamente del mercado central de Atenas- si querían ser cocinadas ese día.

Los grandes perdedores de aquella batalla silenciosa no salían del pasillo de ofertas del Carrefour, que Lidl es demasiado gourmet para tanta infamia.

Recibí la llamada un 11 de febrero de 2015, jamás podré olvidar esa fecha (creo que fue ese día, sí). Con un inicio de mes demente, la nevera no era el paraíso al que tenía acostumbrada a mi extensa familia de cero personas y ningún animal. No llevaba demasiado tiempo viviendo en la ciudad y era importante que mis vecinos y vecinas se quitaran de la cabeza la imagen de excéntrico que tenían de mí por un pequeño incidente en un autobús al que llegué sin ropa bajo la gabardina. Y, luego, sin gabardina.

Comprobé si tenía todo lo necesario para sorprender o al menos no intoxicar a Lapputti. Tenía suficiente nitrógeno líquido, la cámara de envasar al vacío funcionaba a la perfección, no tendría problema con las esferificaciones pero andaba justito de cebolla. Prepararía lentejas con chorizo. Y se llamarían falsas lentejas sobre cama de chorizo deconstruido y espuma de tocino sin cielo. Tras preparar unas lentejas al estilo tradicional, separé el compango y trituré el guiso como el puré de lentejas que comíamos en casa para que los niños nos quejáramos menos al comer dos días seguidos lo mismo, hice cientos de pequeñas esferas con ese puré que coloqué de forma delicada sobre una cucharilla de café. Cogí un cerdo de los que pastaban tranquilos en la parte de atrás del edificio de enfrente, le corté el cuello y dejé que la sangre, sin cuajar y mezclada con un poco de ajo y pimentón, cubriera las bolitas de puré. Metí el tocino en el sifón -después de un largo proceso que desconozco- y misteriosamente salió en forma de espuma que coronaba el plato dándole un cierto aspecto de bukkake.

Rodolfo llamó a la puerta a las 2 en punto. Nos miramos a través del cristal de la mirilla. Yo no había visto nunca unos ojos como los suyos. Me repetí lo que me solía decir mi madre, versión libre de “Amanece que no es poco”: “un hombre en la mesa es un hombre en la mesa” y abrí con precaución y distancia, lo que no evitó que le besara apasionadamente en los labios cuando fue capaz de atravesar el umbral.

En Spotify sonaba una lista de reproducción de una profesora de yoga de Montana. Había escondido todos los muebles del comedor en la terraza para darle a todo un aire tan minimalista que no nos quedó más remedio que comer de pie. Saqué la cucharilla con mi creación lentejil y no me pude impedir volver a besar a Rodolfo, más con el ánimo de estimular sus papilas gustativas que de embelesar sus pupilas verde mar.

Om mani padme hum. Lapputti (Rodolfo, Ro) se introdujo la cucharilla en la boca a ritmo de slow motion. Se oía su saliva a cámara lenta envolver el delicioso plato mientras los ojos otrora verde mar se ponían en blanco y de reojo pude atisbar una ligera erección.

Han pasado dos meses desde entonces en los que han sucedido tantas cosas y ninguna. El recuerdo del cuerpo de Rodolfo en mi salón sigue marcando el espacio como si fuera una rotonda. Noto su olor en mi ropa, en mi pelo y echo de menos todos los cafés con espuma que me habría hecho o me hizo. Tengo quince estrellas Michelin -Mishelán, les recuerdo- y un prestigio ganado a pulso que se traduce en ser el asesor gastronómico de la pequeña ciudad. Ya no compro sino en el mercado central de abastos. Los pescaderos me ofrecen un café mientras me cuentan qué productos han traído hoy y negociamos solo con la mirada el precio de cada pieza. He tenido que volver a meter los muebles del salón porque la terraza se ha convertido en mi propio minihuerto de miniverduras y minifrutas miniecológicas que abastece a todos aquellos minivecinos y minivecinas que me hacen suficientemente la pelota. Y tengo en mi habitación un horno de pan.

Rodolfo se retiró de la guía Michelin doméstica y en su lugar entró cualquier otro atractivo joven elegido a golpe de Tinder. Mis quince estrellas me situaban lejos ya de tanta mundanidad y nunca más necesité ponerme ropa debajo de la gabardina.

La foto, de la portada del libro “La cata” de Roald Dahl de Nórdica Libros que tengo ahora mismo sobre mi mesa.
La peliAmanece que no es poco“, de Cuerda.
Sé que ha estado “Sin noticias de Gurb” en mi cabeza mientras escribía este cuento y que el estilo también está “contaminado” (para bien) de algunos relatos que leí a mediados de febrero. 
Este cuento empezó así en twitter:

El increíble incidente del perro a las 8 de la mañana

Podríamos decir que en estados febriles o de agotamiento total o de simple atontamiento, suelo ver cosas muy freaks en la tele. El detective Rockero lo vi con casi 40 de fiebre. También Pocahontas. Y en los últimos meses me he aficionado al “Encantador de Perros”. Cualquiera que no me conozca no tiene por qué saber que a mí los animales se me dan fatal. Aunque de pequeña he tenido distintas mascotas (un hámster, cientos de gusanos de seda (no todos a la vez, claro), tortugas, pollitos fucsias, un periquito…) no me he caracterizado jamás por mi habilidad con los bichejos, ¡qué le vamos a hacer! Siempre me han parecido seres incomprensibles e impredecibles. Y que en un porcentaje altísimo o muerden o pican o las dos cosas.

Supongo que fue eso lo que me atrajo hacia César Millán y su habilidad innata para el entrenamiento canino. Le he visto entrenar a las más indómitas fieras. Y este es el comienzo de mi aventura de la semana pasada.

Lunes, 8:15 de la mañana. Espero en la cola del cajero detrás de una señora de abrigo largo y perro pequeño con abrigo azul que era parecido al West Highland White Terrier (no sé nada de perros, pero en mi trabajo de antes tuve que leer y editar mucho sobre razas de perros y algo quedó…). No sé qué cable se me cruzó en ese momento, que decidí poner en práctica lo que le había visto hacer al encantador de perros. “Voy a demostrarle dominancia” pensé. E hice como César Millán, lo miré fijamente a los ojos durante un buen rato (la dueña del can se demoraba en sus menesteres con el cajero). El perro me devolvía la mirada y parecía que se amilanaba con un gruñido que interpreté como llanto. “Lo tengo dominado” pensé de nuevo. Y aquí viene la gran idea. Que se me note que tengo carrera universitaria, oiga. “¿Y si le enseño los dientes?” y, sin pensarlo, se los enseñé. Al verme, el perro se abalanzó sobre mí, ladrándome tan fuerte como le permitía su pequeño tamaño. Véase reconstrucción gráfica de los acontecimientos hecha por nuestros expertos:

Afortunadamente, iba atado con cuerda corta, si no todavía estarían cosiéndome cachitos en la Jiménez Díaz. La señora se volvió sorprendida al perro y dijo “Pero bueno, Curro, ¿qué te pasa?” y mirándome a mí “Pero si es muy tranquilo, no sé qué le ha podido pasar” y yo poniendo cara de angelito de Belén Viviente. Y el perro que no dejaba de ladrar e intentar morderme donde fuera. “¿En qué habré fallado?” pensé mientras trataba de ahogar mi risa a la espera de que la señora se hubiese ido. ¿En qué había fallado? Pues si hubiese prestado atención a mis prácticas de etología en la facultad, sabría que tanto para los Macacos como para muchas otras especies, lo de enseñar los dientes es muestra de ataque. El pobre Curro debió verse amenazado y, sobre todo, ver amenazada a su ama (que lo estaba, pero por el cajero, no por mí) y se envalentonó.

Si a algún director se le ocurre hacer la peli de Hulk en versión perruna ya le localizo yo al perrito, que no se preocupe.

Afortunadamente, no se me ocurrió probar con un Mastín o un Dogo Alemán. En ese caso, ahora estaría escribiendo con los muñoncitos.

El libro que da título a este post, “El increíble incidente del perro a media noche”

La inyección

Le anunciaron que le quedaba poco tiempo de vida, apenas unos meses que quizá irían acompañados de sufrimiento, aunque no podían ser más exactos con una cosa ni con la otra. Notó algo extraño en aquella consulta. Demasiada luz, una enfermera que coronaba su encrespada melena pelirroja con una cofia de cruz roja sujeta por horquillas. El aspecto de aquel lugar tenía más de orfanato de terror que de hospital de la Seguridad Social. A cambio, el médico, le propuso participar en un innovador programa de eutanasia que podría acabar con aquello en dos horas. Sin saber cómo ni porqué, como si estuviese atrapada en la gravedad de los sueños que impide mover el cuerpo con facilidad, responder con celeridad, aceptó esta solución rápida que llegó en manos de la enfermera. Aquella inyección acabaría con ella en dos horas.

La camilla, la jeringuilla, la enfermera… Se vio dentro de un sueño aunque pudo sentir la fina aguja entrando por su piel, moviéndose mientras buscaba sus venas para volver a sentir el gélido acero introduciéndose, ahora sí, en su destino final.

Salió de la consulta lentamente mientras el mundo insistía en moverse deprisa. Fue entonces cuando su cerebro por fin reaccionó. Cuando se dio cuenta de la decisión que había tomado, irrevocable. Cuando entendió que iba a morir en apenas dos horas. Todo acabaría, hasta la incertidumbre. Pero no estaba segura de haber tomado esa decisión. No estaba segura de si eso era realmente lo que quería. Ni siquiera si lo había querido alguna vez.

Comenzó a caminar cuando la imagen de su madre asaltó su pensamiento. Su madre. No iba a poder despedirse de su madre. Se imaginó a su madre junto a su cadáver. Una hija que no sobrevivía a su madre era algo anti natural. Lo oyó una vez en un entierro de alguien que murió demasiado pronto. Y sintió, como sentía muchas veces, exactamente lo mismo que ella sentiría. Sintió el dolor sordo que se perpetuaría el resto de su existencia. El desconsuelo infinito. Una tristeza inconmensurable, sin consuelo. Y ella, ELLA, había elegido morir antes de tiempo. En dos horas. Sin despedidas. Seguía sin saber cómo había tomado la decisión. Y se repetía en su cabeza la imagen de la enfermera que le sonreía mientras le clavaba la inyección letal.

Aturdida, se dirigió al metro. El tiempo corría en su contra, debía llegar a su casa, no podía morir allí en medio. Los pasillos subterráneos estaban repletos de gente que caminaba despreocupada. Ella intentaba andar, intentaba avanzar más deprisa que las agujas de su reloj, porque se iba a morir y tenía que salir de allí cuanto antes, pero la multitud se lo ponía difícil. Un tren y luego la línea 1. La línea 1. ¿Dónde estaba la correspondencia con la línea 1? ¿Dónde estaba ella? Sudores fríos le empapaban la ropa. Vagó por andenes de Cercanías y de metros, por macroestaciones de pasillos interminables e indicaciones confusas. “Me voy a morir aquí, yo sola, tengo que llegar a casa; TENGO que llegar a casa”.

“No me quiero morir”. Por fin se dio cuenta. Se dio cuenta y fue capaz de pronunciarse ante sí misma las palabras que debería haberle dicho al médico, a la enfermera, una hora antes, cuando aún estaba a tiempo. “No quiero morir” y las ganas de vivir se disfrazaron de angustia. La angustia con la que trató de desandar el camino andado. La angustia con la que se convenció de que debía haber un antídoto, algo que detuviera el líquido gélido que recorría sus venas. La angustia con la que se aferraba a la vida mientras el tiempo le empujaba a la muerte.

Llegó al hospital, quizá a uno distinto, y le suplicó a la primera enfermera que encontró que le inyectara el antídoto contra su muerte segura. La enfermera, que ahora volvía a ser la misma caricatura de enfermera muerte que comenzó su pesadilla, adoptó un tono displicente al responderla que no había antídoto, que debía recordar beber mucha agua y estar en posición horizontal para que el líquido letal fluyera con normalidad, que si seguía de pie, corría el riesgo de partirse los plantas. “Qué más da” pensó “si voy a morir igual; no entiendo esta preocupación por los procesos cuando el resultado final es inminente”. Pero se resistía a morir, no quería morir y no podía hacer nada. No había vuelta atrás ni proceso inverso que revertiera una decisión que no sabía cómo había tomado. No quería morir pero no había alternativa más que suplicar a la enfermera y a todas las enfermeras con las que se cruzaba en sus carreras desesperadas por el hospital.

Había elegido vivir. Despertó y escapó de la muerte.

La noche del 23 al 24 de septiembre me desperté a las 2:17 y transcribí la pesadilla en la hoja de notas del iphone (la foto). Y aquí está, con matices y menos terror del que pasé yo.  

la foto