Nueve. Ven

Volvimos al lugar de donde nunca escapamos y nunca estuvimos, montados en las alas de los sueños compartidos, divididos entre dos. Deslizas tus dedos por mi hombro recuperando el sabor de lo imaginado durante tantas noches de invierno y tanta lluvia de abril. Deslizas tu carne y tu piel entre los espacios de las letras cruzadas, leídas, pensadas, entre las palabras que colocas aquí y allá, entre las sonrisas que inventaste tras las cortinas de unos ojos llorosos. Y una araña. Y un perro. Y un escorpión.

Y una liana de árbol a árbol y una burbuja a punto de estallar. Ven. Mira. Disfruta del disfraz de Drácula, del miedo que no tuviste ni tendrás, de todo lo no sucedido que reside en este cuenco, en tu vaso, en mis besos… No, en mis besos no está, pero a lo mejor sí. Porque sólo existe lo que queremos que exista. Y lo que creemos que existe. Y jugamos con los tiempos verbales, con las personas y con los modos. Imperativo. Y estallas. Y estalló. Y se fue.

Un ninot en la noche de las Fallas.

Ven. Hazme un lecho de palabras y juegos. De magia y de misterio. De distancia y de calor. Ven. Deja que te mire y que te vea y que te huela más allá del cuerpo y del humor. Jugar a amar. Jugar. Amar. Un baile encadenado que dejó fuera la precaución y la pereza. Ven. Regálame sintagmas, epítetos, complementos circunstanciales insustanciales.

Si enredar hiciera posible enredarnos.

El cuadro, “Le cirque rouge” de Marc Chagall
Una canciónThat’s what I like” de Julia Lee

** intentando desentumecer los dedos y la cabeza**

Transición

(ocho)

Del limbo a ninguna parte y desde allí a cualquier lado. Paseamos por la vera de un lago de sueños que no nos pertenecen, y vagamos vagamente por los colores de un arco iris de colores pastel, pálido por todo lo que ha visto que le queda por ver.

Balbucea aquello que empezamos a ser, aprendiendo a dar sus primeros pasos en esta fantasía onírica en la que la pandilla de sinónimos del verbo andar recobra un especial protagonismo hecho de construcciones tópicas y estereotipias en el ambiente.

Calor y caricias y cariño y caramelos. Si ahora pudiese reencarnarme lo haría en C y A, qué suerte de comienzos.

La tierra tiembla bajo nuestros pies y nos convierte en frutas que rellenan boles de gelatina de fresa. Cuando miras en el espejo genético te encuentras todo lo que echas de menos.

Si tuviera y pudiera tener. Si fuera y pudiese ser. Si girara y pudiera dejar de girar  bajo tu atenta mirada de niño bueno con la cuerda de la peonza aún caliente en la mano.

Piel. Olor. Calor. Sabor. Deseo. Calma.

Un arrullo cubierto de alfileres y buena voluntad. Unos pies que se amoldan a las duras plantillas que les harán bien. Nos harán bien. Un aliento fresco relleno de sonrisas y porvenir. Que vendrá. Será. Es.

Quererse. Sin más.

El cuadro, de Li Zijian
Una canción, “Driftin'” en la versión de los Reyes del KO.

Silencio

(siete)

Susurran en silencio por el suelo del piso las eses que se escaparon del último sonido. Retumba un pitido recordando que aún se aloja en el pabellón auricular lo que antes salió de unos labios, de tus labios. Más allá, las hojas meciéndose, un riego nocturno, los insectos que empiezan a nacer y el camión de la basura que se acercará dentro de pocos minutos al portal que no recordaré.

Una ciudad subida a un pentagrama que se exhibe ajada y hastiada intentando mantener la compostura y desear el final al mismo tiempo. Adelanta el reloj de arena que se empeña en ser fiel a su trabajo mientras las secuencias y sus ausencias se repiten una y otra vez.

No te quedes ahí. Acompáñame. Acompáñame en este viaje que sólo es viaje contigo mientras me ayudo a romper barreras, mientras te ayudo a romper fronteras, mientras paseamos descalzos por el medio de la Puerta de Alcalá.

Decidir. Elegir. Luchar. Nadar. Nadar contracorriente o con el mar a favor mientras una ambulancia anuncia con su pitido que echa marcha atrás en lo que no hay marcha atrás. Sube, corre, mira. Corre. Corre. Siempre hacia adelante. Mucho por ver. Mucho por descubrir y un paisaje al que ya se le caen las hojas, caducas de tanto estar.  Unos dedos que se escurren y una última mirada atrás. Decidir. Elegir. Luchar.

Un manojo de ramas secas de rosal se enredó en lo más profundo de su garganta y las palabras ya nunca volvieron a brotar. Silencio.

El cuadro, de Ernst Ludwig Kirchner
Una canción, “The Promise” de Bruce Springsteen

Lacios de suspiros, lágrimas y quejas

(seis)

Empiezo a escribir con el sonido de cristal al romperse. Valoro la posibilidad de que sea un vaso o un espejo y que sus mil pedazos nos arrastren a siete años de mala suerte. Como entonces, cuando todo empezó.

Me has pedido los cuentos que te debo, los que te prometí, pero los fonemas permanecen lacios de suspiros, lágrimas y quejas.

Siéntate aquí, a mi lado. Han apagado las luces del teatro. Se acabó la función y sabes, como yo, que no nos queda mucho tiempo en este escenario que construímos. Siento cómo tu calor se enfría desde que un clic hizo desaparecer lo que habíamos soñado, lo que habríamos sido.

Me advirtieron contra la desconfianza, pero no contra la incredulidad. Ya no hay Caperucitas ni zapatos de cristal. Todos se ríen de mi desnudez porque me envolví en palabras que resultaron ser transparentes. Al hablar observabais mi desabrigo pero vosotros, tú, estabas vestido.

Tú juegas. Yo vivo.

Y me llueves en tus caricias, en tu abrazo, en tu intensidad y me atrapas en tus ojos de azabache y en el grafito de tus dedos. Pero yo quiero bailar y volar y vivir. Y amar. ¿Y amar? No sé. No sé.

Abro la maleta sobre la cama y comienzo a guardar todo lo que imaginamos. Doblo uno a uno los recuerdos que no sucedieron, los miedos, las discusiones y las risas, las decisiones que no tomamos, el camino que no seguimos. Guardo un cielo azul de verano y una ciudad dormida bajo la nieve. Guardo el aroma de tu tacto, los sonidos de tu olor, la dulzura de tus ojos, la contemplación de tu cuerpo ciego. En una bolsa de plástico van las caricias ya usadas y los susurros al oído. En el neceser de la necesidad van los besos de antes de dormir. Los que no me diste y los que me habrías dado.

Cuando te levantes mañana ya no estaré. Al final la verdad importaba más de lo que calculamos. Te dejo junto a la almohada tu vida a medias. Me llevo la mía hecha pedacitos de cristal.

La foto, “The Oracle” de John Gutmann
Una canciónSin documentos” de Los Rodríguez, que me hizo saltar las lágrimas hace unos días.

Bailando dentro de tu vientre

(cinco)

Sales guapo en mi vida.

A veces la mejor opción es instalarse en una duda por resolver, sin decantarse por un sí o un no tristes a partes iguales. El podría gana la partida por puntos de ilusión.

Una enredadera compuesta de ojos, boca, brazos, abrazos, que me oculta a la luz del sol, que filtra naranja y calor. Así, bailando dentro de tu vientre, me acabo de dar cuenta de que aquel día no traté de evitar baldosas amarillas y estaciones de metro que siempre conducen al mismo lugar. ¿Ves?

Mientras otros se enzarzan en luchas tan vehementes como vacías recorremos de puntillas una ciudad que ha ardido sin llamas, que se desnuda ante nosotros para dejarnos cantar y bailar y hacer.

Un baño en una fuente. Y en otra. Y un paseo inmenso, intenso, del Jardín Botánico a tu ombligo, de la estación de Atocha, a tu boca.

Ven. Vamos. Coge este paréntesis y envuelve con él tu carnet de identidad ¿qué más da ahora quiénes fuimos, quiénes somos? Una aparente normalidad aparente. Sin prisa. Sin pausa. Con prisa y sin pausa. Ven. Vamos. Recoge tu sonrisa de mis labios y guárdala en el bolsillo para dentro de un rato, justo después del flash.

El cuadro, “Atocha” de Antonio López
Una canción, “Wonderwall” de Elias& The Wizzkids

Respira

Hay cosas que nos mantendrán unidos para siempre. Como haber presenciado un asesinato. Como nuestra fuga al concierto de Franz Ferdinand. Como elegirme. Y elegirte.

Hay cosas que nos mantendrán unidos para siempre y, de forma irremediable, cuando pienses en ellas, apareceré yo detrás en tu mente. ¿Y en tu vida?

Hoy vamos a sacar los cubos de colores, las estrellas fugaces, un tenedor de plástico y las agujas de punto para tricotar placeres: amar, andar, soñar. Tu piel, que tiende a rosa y a melocotón, que sabe a verde y azul, que huele a miel y a té. A ti.

Nos perdimos por el bosque cubierto de hojas y ojos disfrazados de Spiderman y Wonderwoman. Deberíamos habernos quitado la ropa por el camino, sustituir lo que no somos por lo que podríamos haber sido, gozar de la lluvia templada sobre los cuerpos crudos aún. Deberíamos haber entrado sin temor a salir. Y salir sin mirar la puerta. Jugar con una pluma sobre la almohada. La respiración, profunda; la mirada, quieta. Un microsegundo antes del ahora, cuando sólo un camino es posible y lo evidente se vuelve inminente.

Un remolino y la corriente que arrastra mar adentro los nervios y las mariposas.  Con la mano derecha asimos el muelle que nos mantiene en puerto. Tu Cantábrico, mi Mediterráneo.

Respira. Huele la noche a frío de verano, a brizna dormida, a animal en celo. Respira.

El cuadro, “Lovers” de Marc Chagall
Una canción, “Departure” de Mt. Desolation

Tres

Tengo una tendencia repetitiva a que no exista en lo real el lugar donde deposito mis anhelos, mis sueños o mis deseos.

Te lo dije anoche, cuando viniste a que te explicara por qué mientras apenas me rozabas, con suavidad, los labios. Tu sonrisa lo explicaba todo y la mía te otorgaba la victoria en una guerra que debería ser paz.

Susurro para no despertar a la negación. Porque quizá mi voz puede romper en mil pedazos el Palacio de Cristal y la reconstrucción hipotecaría las incertidumbres del futuro simple y del porvenir por venir.

El armisticio se firmará ante los ojos dominantes de fuego y azul en el lugar donde el frío no existe, donde el tiempo y Dalí, donde amor y amar. La oveja negra en el país de los no. No sé. No sé. Y tú sí. ¿Sí?

Qué más da. Por una vez las rosas rojas, las nubes blancas, el cielo azul. ¿Y el mar? Azul o verde o gris.

Volverás de nuevo. Tan cerca. Tan intenso. Tan neutral para mis sentidos, aún. Volverás con una nueva montaña de tarjetas con la misma pregunta.

Si respondo, los copos de nieve cubrirán el suelo de la bola de cristal.

El cuadro, “Pierrot y bailarina” de Picasso
Una canción, “Kissing Through Glass” de la BSO de “Un largo domingo de noviazgo”

¿Bailas?

¿Bailas?

Probablemente no. Porque no te gusta. O porque no lo has probado. Sin embargo te acercas a la orilla del mar como si las olas te concediesen el primer baile de la noche.

Te miro mientras revuelvo la arena, buscando el tesoro escondido tras la mampara de la habitación del pánico que nos da vivir.

Tampoco besas. Ya no. Y lo dices subiendo una ceja y mirando a los ojos, certificando lo imposible, lo posible, lo que fue. Ya no besas ni bailas y rebusco entre mis deseos verbos que empiecen por b, como brillar, bromear, broncear y burbujear. ¿Burbujeas? Yo sí. Cuando te miro. Tan lejos.

Las nubes nos observan y juegan a adivinar formas con nuestras sombras sobre el suelo. Ahora tú eres igual que un murciélago de noche. Y yo… yo parezco una sombra intentando permanecer quieta en medio de una tempestad.

Busco con b el extremo de la madeja que desembrolla el motor inicial. Pero a veces, con v, no es tan fácil lo evidente.

El cuadro, de Tamara de Lempicka.
Una canción, cualquiera del disco “Antología” de Estrella Morente