El otro lado

Ritratto di Renato Gualino". Felice Casorati.
Ritratto di Renato Gualino. Felice Casorati,

Se sentaba delante del espejo. Se quitaba la camisa, los pantalones y se quedaba horas delante, mirando. Sin mirarse. Esperando.

Se sentaba delante del espejo. Se quitaba el vestido, se recogía el pelo y se quedaba horas delante. Mirando. Mirándole. Desde el otro lado.

Antes de acariciarse por primera vez, ya se habían acariciado con las palabras. Antes de excitarse con las caricias, ya se habían excitado con risas y enfados. Antes de conocerse, ya se consolaban, se huían, se buscaban. Antes de caer en lo mundano, ya habían jugado a sorprenderse.

Se sentaban delante del espejo hasta que la palabra exacta les hacía saltar al otro lado. Porque en el espacio ingrávido donde todo sucede, nada es imposible, aunque lo sea, nada está mal, aunque lo esté, nada es peligroso, aunque duela. El tiempo sin segundos ni minutos en el espacio que no existe, que no es.

El cuadro, “Ritratto di Renato Gualino” [Retrato de Renato Gualino], Felice Casorati, 1923-1924.
Una canción, “Bajo el volcán” de Love of Lesbian.
Un libro, “Saber perder” de David Trueba.

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Whatever makes you happy…

Whatever makes you happy…

No habían visto “Antes del amanecer” y el inicio de su desmantelamiento de rutinas podría haber sido incluso anterior a la primera película de la trilogía de Linklater; su germen, tal vez.

Fue en una fiesta. O en un after.

Fue en un bar de Lavapiés.

En medio de una huelga de metro.

… whatever you want…

Era su cumpleaños.

Era su cumpleaños -otra vez-.

Era su cumpleaños. De nuevo.

Una llamada.

Cenar despacio y café para dos en el desayuno.

… so very special…

¿Sabés qué es esto? Amor efímero.

No hay más llamadas. No hay más contacto. No hay más huellas -de él- en su cama -de ella-. No hace falta. Porque en una fiesta. O en un after. O en un bar de Lavapiés. O en una huelga de metro. En su cumpleaños. Cenarán despacio y desayunarán con prisa el café para dos del desayuno.

El cuadro, “Nedick’s” de Richard Estes en el Museo Thyssen de Madrid.

La canción, Creep” de Radiohead.

 

 

 

 

María Dolores y la Deep Web

maruja mallo_cabeza de muller

La primera vez que María Dolores encendió un ordenador fue en un curso que daban en el ayuntamiento de su pueblo. Un pueblo pequeño en la parte más deshabitada de Castilla que buscaba en la digitalización del entorno la llegada de nuevos habitantes jóvenes y con ganas de llenar de nuevo la escuela local.

El profesor de informática fue paciente y atento con un grupo heterogéneo de alumnos que mostraba más voluntad que habilidad, a pesar de que aquellas clases que debía impartir habían sido negociadas por su abogado a cambio de evitar una enorme multa por hackear páginas ministeriales. “Ricardito, hijo -le decía Doña Asunción, su alumna nonagenaria- se me ha vuelto a estropear el teclado, solo me salen asteriscos al poner la contraseña”. Y el R1ch4rd, como el conocían en su medio, acudía solícito a recordarle a Doña Asunción lo de los asteriscos y las contraseñas, como si los asteriscos, en realidad, sirviesen para algo.

En los últimos meses María Dolores había aprendido a navegar por internet, había abierto una cuenta en gmail, una en facebook, se había asomado a twitter y se había abierto un blog. Un blog de cocina, no se le ocurrió qué otra cosa podría contar. Y ya que sus hijos e hijas no parecían demasiado interesados en seguir las tradiciones familiares a la hora de sentarse a la mesa -“mamá, entiéndelo, es imposible encontrar esos ingredientes en Finlandia” (en Finlandia, en Ohio, en Casablanca… No quedaba ni uno viviendo cerca)- podría contarle al mundo cómo se hacían las lentejas con chorizo de los lunes o las torrijas de Semana Santa o cómo incorporar la grasa de cerdo a las recetas para que tuviesen un sabor especial.

María Dolores también había aprendido a usar la nube, skype, los hang outs de Google, a comprar por internet… y la idea de buscar online un sustituto para su difunto Aurelio (quedioslotengaensugloria) le rondaba desde que María Pilar, su vecina de arriba y compañera de pupitre en las clases de Ricardito, empezase a llevar al baile de los domingos que daban en el pueblo de al lado a Tomás, un agricultor que vendía sus productos cultivados de forma sostenible y ecológica a través de una plataforma web y a quien había conocido en Tinder. María Pilar y Tomás estaban pensando montar un negocio -también online- de apadrinar ovejas y abejas. La gente de la ciudad podría comer el queso o la miel que saliese de los animales e insectos apadrinados y, con ese dinero extra, ellos podrían empezar a pensar en unir sus vidas además de unir sus fuerzas.

Ricardito AKA R1ch4rd estaba orgulloso de los progresos de sus alumnos. Sobre todo de los de María Dolores. Aprendía rápido, investigaba mucho, preguntaba poco y volvía a las clases del día siguiente con dudas que, a veces, a Ricardito le costaba un rato contestar. Ricardito fantaseaba con el día que a María Dolores le quedase pequeño internet y, entonces…

Vender o comprar órganos. Vender o comprar droga. Buscar a alguien para matar por encargo. Espiar al alcalde (pobre Benito, un trozo de pan). Acceder a secretos de Estado. Descarga de contenidos con y sin derechos de autor. María Dolores no daba el perfil de necesitar ninguna de estas cosas. Tampoco sabría en qué categoría clasificarlas para confesarse con el cura del pueblo después -Don Gregorio iba francamente retrasado en las clases de informática, no lograba pasar de la web del Marca y la clasificación de la liga de fútbol-. Pero, lo más importante, es que no sabía que todo eso se podía hacer a golpe de clic y, aunque lo hubiese sabido, no lo habría hecho.

Ricardito tenía prohibido usar Tor. Era parte del acuerdo al que su abogado había llegado cuando no fue suficientemente bueno hackeando la web del Ministerio de Asuntos Exteriores para pedir ayuda  para los refugiados sirios y afganos. Él no podía usar Tor y no podía entrar de forma segura en la deep web. Estaba siendo monitorizado y lo sabía. Pero María Dolores. Ay. María Dolores.

“Hoy vamos a hablar de seguridad, de hackers, de la deep web”. Ricardito comenzó el lunes con una clase teórica y dejó para el final de la mañana resolver las dudas que sus alumnos traían de un fin de semana de devoción delante de sus equipos haciendo las tareas que el profesor les mandó el viernes. María Dolores parecía distraída. Miraba con frecuencia su teléfono donde Ricardito pudo entrever corazones verdes y cruces rojas. “María Dolores, necesito que se centre usted en la clase de hoy” reprendió a su alumna favorita. María Dolores enrojeció cabizbaja y no volvió a separar su mirada del profesor y de lo que estaba contando.

En la pausa para el bocadillo se disculpó con el profesor quien aprovechó este momento de debilidad para tantear a María Dolores en temas políticos y evaluar, así, si sería posible convertirla a ella en la ejecutora de sus planes.

El primer día que María Dolores abrió Tor y entró en las direcciones que había apuntado tras la enésima clase privada y teórica que Ricardito le había dado, fue como entrar en un piso de estudiantes Erasmus después de la fiesta de despedida. Por un descuido, casi termina comprando un riñón con los bitcoins que le habían prestado unos amigos de Ricardito. Otro descuido y casi compra MDMA para toda la comarca. Su misión ese día consistía solo en navegar. En pasear. En moverse de un sitio a otro por el directorio que estaba activo esa semana. Pero no pudo evitar ver enlaces que no debería haber visto. Aunque estaba bien aleccionada sobre lo que debía o no hacer, la navegación tan poco directiva le llevaba una y otra vez a sitios que le costaría quitarse de la cabeza.

Pasaron las semanas y María Dolores seguía entrando a ratos sueltos a Tor. Ricardito ya casi la había convencido de la utilidad política que podía tener sobre todo para movimientos anarquistas como el suyo y María Dolores no había tardado en simpatizar con unas ideas que le recordaban tanto a las de su difunto Aurelio. Sin embargo, María Dolores, que no quería líos, se había convertido en la madre y la abuela universal del deep web. En medio de aquel guirigay de personas donde se mezclaba lo peor con lo mejor de cada casa, María Dolores había abierto un consultorio sobre todas las cosas cotidianas que se le escapaban a los hackers más avezados. Hablaba allí sobre las recetas que sus hijos nunca cocinarían, resolvía dudas sobre temas domésticos a hackers que nunca se habían tenido que enfrentar con una mancha de grasa en los pantalones vaqueros o que no sabían si los huevos estaban frescos o no, pero que sin embargo sabrían alterar el sistema de seguridad de una central nuclear en pocos minutos. “Mira, Alfa33, te he dicho muchas veces que no me andes con los del ISIS, que no son trigo limpio, haz el favor de dejarte de tonterías”. Ese era el poder de María Dolores en la deep web. “Oráculo25, deja de estafar a las personas, en lo que va de mes has vendido 25 veces tu riñón, y te estamos viendo”. También se creó un grupo de consumo que fue inmediatamente el cliente principal de María Pilar y Tomás quienes, con tantos clientes veganos, tuvieron que ofertar la posibilidad de apadrinar perales y manzanos además de ovejas y abejas.

María Dolores no se convirtió en una activista política, como pretendía Ricardito, pero se convirtió en el soporte práctico del lado no malo de la deep web.

El cuadro, “Cabeza de muller” de Maruja Mallo (1941).
La canción con la que empecé a escribir este cuento: “Dzovarev” del disco 15 de Ara Malikian.

La semilla de este cuento la han puesto Xiana y Puri. De nuevo. 

El desagüe de dios

Taiga es contable y tan ordenado en sus cuentas como en su armario donde cuelgan 7 camisas blancas, 3 pares de trajes negros y 2 corbatas del mismo color.

Taiga  es también un hombre ordenado en sus costumbres, en su higiene, en sus horarios y en su vida. Un hombre meticuloso que, a sus 35 años, encuentra la paz en un orden predecible en mitad de una ciudad efervescente, colapsada y ruidosa.

Taiga combina las cuentas con los culos. No como un fetichismo propio de personas que se mueven por impulsos ni como una parafilia más propia de personas que no son capaces de controlar cada segundo de su vida y su pensamiento. Simplemente los culos están en su cabeza desde que empezara a quitarle la ropa a las muñecas de sus hermanas.

Taiga desayuna una sopa miso a las 5:30 h de la mañana antes de meterse en la jungla de raíles que es el metro de Tokio en hora punta. A las 6:30 h está frente a un faraónico libro de excel y a las 12 h sale a comer. Los lunes y jueves come ramen en un restaurante de culos. De culos de plástico. La sopa japonesa emerge de un ano de plástico y dos cachetes, de plástico también, sujetan su cara mientras deglute la comida. A Taiga no le parece atractiva la comida occidental. Aunque le ofreciesen 12 sándwiches de la cadena española Rodilla, no encuentra ningún atractivo a comer crema batida entre pan de molde. Sin embargo, beberse una sopa que sale de un culo es algo que considera no solo normal y correcto, sino apetitoso.  Taiga no invierte demasiado tiempo en fantasear, le parece una pérdida de tiempo y está más cómodo en su mundo de sumas y restas, así que nunca se ha parado a pensar de dónde vienen los culos de plástico de donde come los lunes y los jueves.

Todos los días a las 4 de la mañana Wataru, el dueño del restaurante de culos de plástico frecuentado por Taiga, acude al mercado de abastecimiento a comprar las materias primas de la comida que prepararán durante la jornada. Cuando ha terminado con el pescado y las verduras, entra en una sala contigua al mercado, pequeña y demasiado bien iluminada, a comprar palillos, platos, vasos y culos de plástico. Los culos se desgastan con rapidez y es necesario reponerlos prácticamente a diario. Cada cliente tiene sus preferencias y Wataru elige cada culo uno a uno con sumo cuidado. Acerca su cara, los toca, huele el plástico, se asoma por el ano. Hay distintas formas, distintos tamaños, distintos tonos de piel y todos ellos tienen que ser el plato perfecto donde se servirá su delicioso ramen. Aunque no sean platos y no podamos decir que se en ellos “se sirva”, exactamente.

Taiga nunca se ha planteado si tiene una patología. No se le ha ocurrido psicoanalizarse, no ha oído hablar de la etapa anal de Freud -de sus teorías, no del padre del psicoanálisis- y ni siquiera se le ha ocurrido pensar que quizá debería complementar si no sustituir los culos de plástico por culos reales más allá del restaurante de los viernes -donde el postre es un beso negro, pero esta vez carnal-.  Taiga no mezcla los culos con el amor porque el amor no se puede controlar, por tanto no lo quiere en su vida.

A Taiga le gustan los culos. También los de plástico. Sin más.

La foto Prayer [La priere]” de Man Ray (1930)
Una canciónAll about that bass” de Meghan Trainor

Este cuento no habría sido posible sin el contexto de una semana muy escatológica en el Otujo bueno y sin que David me hubiese enviado esta noticia (que no sé si es fake, la foto es más antigua de lo que pone la noticia) y hubiese puesto las miguitas de pan para que naciera el cuento (además del título). 

 

L’orage

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Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, hay un lugar al que volvería: tus brazos. Tus manos cansadas de bucear entre libros. Tu espalda desplomada entre tu almohada y la mía, buscando el descanso que no conoce fuera de nuestra cama.

Recuerdo en rojo las noches de tormenta en la cima del edificio de cristal y vuelo en mi memoria a tu moto huyendo de la lluvia, quitándonos apresurados la ropa en el ascensor que sube directo hasta la planta 23, convirtiendo el desnudo circunstancial en otra excusa para recorrer la casa a horcajadas en un barullo de brazos, piernas y gemidos.

Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, veo de nuevo los primeros copos de nieve posándose en tu barba, en mis cejas y mi mano dentro de tu mano guiándome al centro de tu universo por primera vez. Los amigos, las familias, los espacios, los conciertos. El agua helada. Un vermú.

Desayunábamos en un motel de carretera, “como en las películas” dijiste. Como en las películas, pensé. Volveríamos unos días después a Madrid y sus rutinas. Acababa la escapada entre pancakes y caramelo líquido, camareras de uniforme rosa, barra libre de café aguado y huevos con bacon.

Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, pienso en los miles de kilómetros de distancia. En tu gesto rabioso y los ojos cubiertos de lágrimas. “Pero ¿cómo te vas a quedar aquí, tú sola?”. Me quedo. Aquí. Yo sola. A miles de kilómetros de tu universo, nuestra cama, tu espalda, tu abrazo, las rutinas compartidas y los planes de futuro. Me quedé. Aquí. Yo sola.

Una tarde de verano, por primera vez desde nuestro último desayuno, no fue a ti a quien acaricié. Lloré a oídos sordos del viento entonces inerte y golpeé la persiana presa de mi propia tormenta.  Llegarían otras caricias y otros acentos. Otras costumbres y otros desayunos. Nuevos sonidos tras la ventana, nuevos universos extraños, nuevas huidas, nuevas palabras de amor. New Orleans.

Pero es a ti a quien busco cuando el viento percute la persiana contra el cristal.

El cuadro, “The musician” de Tamara de Lempicka

Una canción: “Jesus, etc.” de Puss N Boots

Lo efímero

La sorpresa del trigo. Maruja Mallo
La sorpresa del trigo. Maruja Mallo

Echo de menos el sonido de la guitarra en la habitación de al lado, que es la forma más bonita que recuerdo de soledad acompañada. Tú allí, tan allí, tan en tu mundo. Y yo aquí, en el mío. Tan en el mío. Y las notas que nos unían en la cotidianidad compartida separada por una pared de pladur horas antes de volver a encontrar nuestros pies fríos bajo el edredón.

Nunca te lo dije, pero me parece una gran mierda todo lo que tiene que ver con lo nuestro.

Los actimel caducados en el fondo de la nevera. Las vistas al mar donde ya nunca espero reconocerte en el último baño de la tarde. La guerra entre vinilos y películas por ocupar un puesto ordenado en la estantería del salón. “¿”Harold y Maude” es tuya o mía?”. A tu caja. Qué más da.

Pensar que no habría final en este mundo donde todo acaba cada vez más rápido habría sido tan iluso como creer que no tenían importancia la pulcritud repentina, los besos que dejamos de darnos, la atención distraída y la mirada vestida de languidez y lágrimas de nuestro último viaje en aquel feo coche familiar que compraste el verano anterior.

La chaqueta de rayas ya no está colgada detrás de la puerta, pero he sido incapaz de quitar la percha o de cambiar de casa. Aunque, quizá, ya cambié. Cambié cada una de las veces que al despertar besé en un hombro una piel que no era la tuya. Con otro olor. Y otro sabor mezclado con el mío. Cambié de casa cada vez que subí la persiana a media mañana renunciando a la luz de los amaneceres norteños que visten de rosa mis muebles blancos. Los tuyos, tus muebles, aguardan ahora en un almacén a que termines la gira, tu viaje a ninguna parte.

Vuelvo a mis planes y a mis libros. Mañana entrego el quinto volumen de la saga que empecé cuando todavía no eras ni siquiera una posibilidad. Cuando me elegías lecturas sin saberlo y yo paseaba de la mano de la persona equivocada atravesando Berlín. Vuelven los viajes, las entrevistas, los programas de televisión. Y saldrán titulares que me recordarán que fracasé. Que fracasamos. Que no supimos nadar cuando todo era agua porque, en el fondo, los dos, lo mejor que hacemos es hundirnos.

El cuadro, “La sorpresa del trigo” de Maruja Mallo.

La películaHarold y Maude” dirigida por Hal Ashby en 1971.

Un libro, “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez.

Una canción, “Oda al amor efímero” de Tulsa.

 

 

Un capuccino grande con leche de soja, por favor.

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-Un capuccino grande con leche de soja, por favor.
– ¿Su nombre?
– Xiana
– Perfecto, son 6,25 €.

Xiana cogió el vaso desechable con su nombre escrito en él –en realidad ponía Anna- y salió a la calle. Bebió un trago y no le supo como de costumbre, pero imaginó que habían cambiado la marca de la leche de soja o que quizá era porque se acababa de lavar los dientes y, como tenía prisa, siguió andando sin volver a la famosa franquicia de cafés a reclamar.

Algunos meses antes, Manolo había vendido el bar que había heredado de su padre, recién fallecido, porque no había sido capaz de mantenerlo a flote en unos tiempos donde los clientes de toda la vida se habían empeñado en visitar a San Pedro uno tras otro y los nuevos clientes preferían pagar por un café en vaso de papel el triple que por uno en una barra de metal donde parecía que siempre estaban colocando los platos y las tazas en una estridencia constante. Como por arte de magia o de una intervención del equipo de arquitectos y decoradores del programa de Chicote (hola Enrique), apenas unas semanas después en el que había sido durante 70 años el Bar Manolo lucía el letrero verde con letras blancas, sonaba un jingle tras otro y olía a canela con jengibre y leche muy caliente.

Joseinacio, el padre de Manolo, era un asturiano que llegó a Madrid con una maleta, algo de iniciativa y bastante de “no queda más remedio”. Entró de camarero en un bar que al cabo de los años terminó siendo suyo y, en agradecimiento, bautizó a su único hijo con el nombre del establecimiento que se convirtió en su hogar en la gran ciudad.

Manolo tenía nombre de bar y una lista interminable de facturas a las que hacer frente dirigidas a Manolo: bar y persona.

Empezó a buscar trabajo en una época de crisis donde hasta los camareros sobraban en la ciudad que nunca duerme (porque  Madrid hacía cuentas por la noche y cola en los comedores sociales de día). Y el azar o el karma o el espíritu de su padre le colocaron detrás de un mostrador lleno de muffins, con un delantal verde y una instrucción muy clara “nunca escribas un nombre bien”. Sí. En la franquicia que habían inaugurado donde antes estuvo Bar Manolo.

Nunca fue nuestro protagonista amigo de conformismos y quizá la poca sangre minera que aún le quedaba fue la que le empujó a planear su pequeña venganza. Criado entre los efluvios de Soberano y Anís del Mono, las recetas del café verde se iban a transformar.

Manolo convirtió los Frapuchinos, Chai tea o Capuccinos con leche de soja en carajillos, sol y sombra , café con gotas (de orujo) o café con leche en vaso de caña que metía dentro del vaso de papel. El efecto “el traje nuevo del emperador” jugaba a su favor y los clientes solían fijarse más en los errores en sus nombres escritos en los vasos que en el sabor peculiar de las bebidas –qué innovadores son estos afranquiciados con sus nuevos sabores de temporada-.

Tras el café llegó el turno del mostrador de dulces. Un día quitaba una enorme cookie y ponía una campurriana. Otro día sustituía un muffin de arándanos por una magdalena de La Bella Easo. Los sobaos  en pack de dos y envueltos en plástico eran las nuevas tartas de zanahoria y los churros y las porras comenzaron a campar a sus anchas entre yogures bío con arándanos, tupper con algo que una vez fue fruta fresca y los pain au chocolat.

Nadie sabía de dónde venían los pequeños cambios pero todos asumían que de un escalón más arriba de la jerarquía y estaban entrenados para no cuestionar a la autoridad. Por eso disimularon su extrañeza al ver el mostrador de canela, palitos de madera, azúcar moreno y nuez moscada cubierto de botes con mondadientes unidos a servilleteros rectangulares de metal rellenos de servilletas de las que ni secan ni absorben.

Fue sorprendente que “Campanera” se convirtiese en la sintonía de apertura del café. Tan sorprendente como que apareciera una tele en la esquina sobre un soporte en ángulo recto que emitía a Ana Rosa por la mañana y el fútbol –el que fuera- por la tarde. Algunos medios se hicieron eco de cómo la famosa cadena norteamericana se había ido adaptando a la idiosincrasia española y lo celebraban como una pequeña victoria local.

Pero en un país donde los superhéroes se llaman SuperLópez la venganza de Manolo no podía salir bien. Mantener los costes de su hazaña superaba con creces los ingresos que las multinacionales pagan por un trabajo imprescindible pero, para los que toman las decisiones, menor. Y el brandy, el coñac, el orujo y las campurrianas salían del presupuesto que a Manolo le quedaba después de invertir su ínfimo sueldo en pagar las facturas pendientes, el alquiler del piso y los plazos de un implante capilar que nunca arraigó. Sus ideales le llevarían a la ruina si no asumía pronto el ínfimo papel de figurante que le había asignado la vida.

Algunas semanas después nadie echaría en falta ni las campurrianas, ni las gotas en el café ni a aquel camarero tan taciturno. ¿Cómo dices que se llamaba? ¡Ah, sí! MaMolo.

 

La semilla de este cuento la puso Puri en un mensaje:

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A Xiana (y a mí) nunca nos escribirían bien el nombre a la primera ni aunque no fuera norma de la casa escribir mal los nombres.

Manuel se queja de que su nombre no pueda escribirse mal.

Estaba escuchando este disco mientras escribía el cuento: “Just a matter of maners” de Pike Cavalero

Mi asesinato en IFEMA

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Nada me hacía presagiar, cuando sonó la alarma del móvil aquella mañana a las 6:45 h con Bridges Burning de los Foo, que sería la última vez que la oiría. No sucede nada distinto el día que te matan, hasta que te matan. O quizá soy yo, que nunca he sido carne de sextos sentidos o especialmente sensible a las señales que llegan del más allá. No te sientas delante del desayuno y piensas que ese es el último café que vas a tomar. Qué demonios. De haberlo sabido podría haberme permitido un capricho en el Starbucks que está de camino al recinto ferial. Total, qué son 10 € y 2000 calorías de más si en unas horas estarás muerta.

Tampoco se pronunció mi instinto al entrar a la feria de productos de higiene bucal. No tuve dolores febriles premonitorios ni fiebres delirantes fruto del trance. El día estaba siendo tan anodino que habría caído en el olvido si no hubiese tenido un final fatal -fatal para mí y probablemente para la camisa del tipo al que le salpicó la sangre de mi cuerpo tras el primer disparo-.

Una persona normal como yo nunca se plantea que puede ser asesinada a sangre fría y de forma intencionada. No parece fácil imaginar qué motivos o razones pueden llevar a una persona conocida o desconocida -conocida, en mi caso- a disparar cara a cara sin un móvil económico, sin intención de vengar una afrenta, sin algo que responda a la pregunta que todos se hicieron en mi funeral “¿Por qué?” sin usar la única respuesta válida en este caso “porque sí”.

Si mi vida hubiese valido la pena tanto como para ser llevada al cine, la actriz que haría de mí habría avanzado por el largo pasillo cubierto de moqueta ferial de color negro poco después de acreditarse a la entrada de IFEMA. Y probablemente la acreditación se deslizaría una y otra vez entre sus pechos, voluminosos y firmes. Qué menos que buscar una actriz que mejorara la realidad. Y que la mejorara mucho. Aunque, quizá, con tanta mejora, el público podría encontrar en su belleza una excusa para el asesinato (ya sabemos que en la narrativa social en la que vivimos es más fácil culpar a la víctima que al verdugo). La actriz que haría de mí habría llegado hasta el stand nº 45, de seda dental de sabores -no dejen de probar la de canela, yo ya no podré hacerlo- y habría saludado afable a compañeros y vecinos de feria. Eso era lo que estaba haciendo cuando me llegó un mensaje de una persona con la que compartí amistad y juegos de infancia hasta que su estado de facebook pasó de “es complicado” a “just married”. Para intentar que mi relato permanezca inmutable a sus juicios de valor, trataré de ocultar el sexo de mi asesino. O asesina. En realidad su sexo no cambia el hecho de que estoy muerta, de que he sido asesinada. Pero si mi asesino es un hombre ustedes pueden pensar que hubo un asunto de corazón detrás -sabiendo como saben de mi heterosexualidad practicante- y, si por el contrario, mi asesina fuese una mujer, podrían atribuirlo a la leyenda urbana que nos enemista desde el nacimiento hasta la muerte con el resto de las mujeres de las que nos rodeamos. Y ni un cosa ni otra.

En los últimos días distintas personas de mi pasado lejano se habían puesto en contacto conmigo por causas muy diversas, así que el mensaje de “hace años que no nos vemos ¿dónde estás? me acerco” me sorprendió pero no tanto como si lo hubiese recibido un mes atrás, antes de las reapariciones.
Si hubiese leído más casos de Sherlock quizá todo me habría parecido lo suficientemente inusual como para sospechar de las ganas repentinas y urgentes de encontrarnos.

Repentino.
1. adj. Pronto, impensado, no previsto.

Supongo que si sales de casa con una pistola cargada, una pistola que sabes usar -¿ustedes han disparado alguna vez una pistola? Yo no, no habría sido capaz de acertar a nadie con un arma sin haber practicado antes- no es algo repentino. Para la persona que me asesinó, no. Aunque lo fue para mí, sin duda..

Ni siquiera tomamos un café. Mi sonrisa ante su figura acercándose por el pasillo central que yo misma había atravesado dos horas antes no llegó a desvanecerse porque la bala llegó más rápido a mi cuerpo que la velocidad de procesamiento mental que me habría permitido hilar lo que sucedió en mis últimos segundos de vida: el brillo de la pistola en la mano de una persona que fue amiga y un disparo dirigido a mí. Yo, una persona corriente, comercial de una empresa de seda dental de sabores, sin grandes amigos ni grandes enemigos, sin grandes pasiones ni grandes tristezas, con una vida confortable y anodina, invisible, fui asesinada por quien solía compartir conmigo los helados en las tardes de los veranos en los que aprendimos a crecer.

He terminado este cuento escuchando esta canción: