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Cuando lo físico añora, lo digital acompaña.

Sofía bajó del avión y lo primero que hizo fue comprobar si había nuevos mensajes en Whatsapp, Messenger y Tuíter. No había deshecho las maletas aún y ya sentía el filo de la nostalgia. Para remediarlo, trataba de recomponer su cotidianidad a través de la pantalla, como si siguiese en el día a día de la gente a la que dejó atrás. Ese contacto digital le devolvía en parte el calor analógico que tardaría en recuperar. Cuando estaba lejos, el móvil era su casa.

“¿Y nunca has pensado en vivir en París?” le dijo tras liberar su labio de abajo de un leve mordisco. No, nunca lo había pensado y tampoco le apetecía entrar en el juego de tratar de averiguar si el comentario era fortuito o una propuesta velada, así que salió del atolladero sacando uno de sus temas favoritos: los libros. Volvieron a hablar de autores y de editoriales mientras jugaban a quitarse y ponerse la ropa. Sí, definitivamente esa era la última vez que se abrochaba los botones de la blusa hoy. Pero de nuevo la tela se escurría por su piel para iniciar por su cuenta una aventura en el suelo con una camisa de cuello impoluto y unos pantalones masculinos que favorecían tanto puestos como quitados.

Tres meses después aquella blusa coronaba la cima de camisetas de la última maleta que Sofía esperaba en las cintas del aeropuerto. No le quedó más remedio que pensar en vivir en París y decidir si le apetecía compartir el cajón de los calcetines con un número 44 de un pie que aún no se sabía de memoria. “Siempre me quedará Madrid” pensó al cerrar la llave del piso que seguía teniendo en la capital. Pagó 6 meses por adelantado para que la idea de no tener a dónde volver no se llevara todo el protagonismo del arranque de su aventura con su aventura parisina.

Llegaría el momento en el que Sofía pasearía a orillas del Sena sin buscar una señal wifi para su teléfono español. Pero cuando los jerséis sustituyeron a las camisas, Sofía seguía pegada a la pantalla, y el ansia con el que anhelaba cada respuesta solo era equiparable a sus ganas de huir y sus ganas de quedarse.

La luz de París es muy bonita para los amantes del color gris; para los demás, tiene una buena campaña de marketing. Cuando por fin los primeros rayos de sol de la temporada despertaron a Sofía antes que los besos del dueño del cepillo de dientes que vivía en el mismo vaso que el suyo, su instinto de empezar el día en Madrid se quedó dormido en la almohada mientras ella se entretenía en la esbelta y despejada nuca de piel morena que desafiaba a sus dedos a una carrera en línea recta por toda la columna vertebral.

Cuando Sofía volvió a su casa aquella tarde, dejó la baguette en la cocina, encendió spotify con la versión de Zaz de Sous le ciel de Paris y guardó su móvil español junto a las cosas y las casas que ya no volverían.

Un libro, “Una librería en Berlín” de Françoise Frenkel
Una canciónSous le ciel de Paris
La foto, es mía. De 2008. De cuando viajaba a París con frecuencia y no había hombres armados por la calle.

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