Abril. 2017

Es exactamente igual que el limbo en el que se quedan suspendidos los minutos en los aeropuertos.

El tiempo que no existe, que solo está.

Como el amanecer de los insomnes hasta que el despertador les legitima para abandonar por fin la cama.

Supongo que la ingravidez sabe a eso, también.

A agua con gas sin gas.

A no importa.

Ya no importa.

A desencadenarse y esperar a que nada suceda.

Un náufrago que no lucha contra las olas de un mar revuelto, porque no las hay.

Tampoco hay orilla a la que llegar.

Y flota. Ingrávido, también.

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