María Dolores y la Deep Web

maruja mallo_cabeza de muller

La primera vez que María Dolores encendió un ordenador fue en un curso que daban en el ayuntamiento de su pueblo. Un pueblo pequeño en la parte más deshabitada de Castilla que buscaba en la digitalización del entorno la llegada de nuevos habitantes jóvenes y con ganas de llenar de nuevo la escuela local.

El profesor de informática fue paciente y atento con un grupo heterogéneo de alumnos que mostraba más voluntad que habilidad, a pesar de que aquellas clases que debía impartir habían sido negociadas por su abogado a cambio de evitar una enorme multa por hackear páginas ministeriales. “Ricardito, hijo -le decía Doña Asunción, su alumna nonagenaria- se me ha vuelto a estropear el teclado, solo me salen asteriscos al poner la contraseña”. Y el R1ch4rd, como el conocían en su medio, acudía solícito a recordarle a Doña Asunción lo de los asteriscos y las contraseñas, como si los asteriscos, en realidad, sirviesen para algo.

En los últimos meses María Dolores había aprendido a navegar por internet, había abierto una cuenta en gmail, una en facebook, se había asomado a twitter y se había abierto un blog. Un blog de cocina, no se le ocurrió qué otra cosa podría contar. Y ya que sus hijos e hijas no parecían demasiado interesados en seguir las tradiciones familiares a la hora de sentarse a la mesa -“mamá, entiéndelo, es imposible encontrar esos ingredientes en Finlandia” (en Finlandia, en Ohio, en Casablanca… No quedaba ni uno viviendo cerca)- podría contarle al mundo cómo se hacían las lentejas con chorizo de los lunes o las torrijas de Semana Santa o cómo incorporar la grasa de cerdo a las recetas para que tuviesen un sabor especial.

María Dolores también había aprendido a usar la nube, skype, los hang outs de Google, a comprar por internet… y la idea de buscar online un sustituto para su difunto Aurelio (quedioslotengaensugloria) le rondaba desde que María Pilar, su vecina de arriba y compañera de pupitre en las clases de Ricardito, empezase a llevar al baile de los domingos que daban en el pueblo de al lado a Tomás, un agricultor que vendía sus productos cultivados de forma sostenible y ecológica a través de una plataforma web y a quien había conocido en Tinder. María Pilar y Tomás estaban pensando montar un negocio -también online- de apadrinar ovejas y abejas. La gente de la ciudad podría comer el queso o la miel que saliese de los animales e insectos apadrinados y, con ese dinero extra, ellos podrían empezar a pensar en unir sus vidas además de unir sus fuerzas.

Ricardito AKA R1ch4rd estaba orgulloso de los progresos de sus alumnos. Sobre todo de los de María Dolores. Aprendía rápido, investigaba mucho, preguntaba poco y volvía a las clases del día siguiente con dudas que, a veces, a Ricardito le costaba un rato contestar. Ricardito fantaseaba con el día que a María Dolores le quedase pequeño internet y, entonces…

Vender o comprar órganos. Vender o comprar droga. Buscar a alguien para matar por encargo. Espiar al alcalde (pobre Benito, un trozo de pan). Acceder a secretos de Estado. Descarga de contenidos con y sin derechos de autor. María Dolores no daba el perfil de necesitar ninguna de estas cosas. Tampoco sabría en qué categoría clasificarlas para confesarse con el cura del pueblo después -Don Gregorio iba francamente retrasado en las clases de informática, no lograba pasar de la web del Marca y la clasificación de la liga de fútbol-. Pero, lo más importante, es que no sabía que todo eso se podía hacer a golpe de clic y, aunque lo hubiese sabido, no lo habría hecho.

Ricardito tenía prohibido usar Tor. Era parte del acuerdo al que su abogado había llegado cuando no fue suficientemente bueno hackeando la web del Ministerio de Asuntos Exteriores para pedir ayuda  para los refugiados sirios y afganos. Él no podía usar Tor y no podía entrar de forma segura en la deep web. Estaba siendo monitorizado y lo sabía. Pero María Dolores. Ay. María Dolores.

“Hoy vamos a hablar de seguridad, de hackers, de la deep web”. Ricardito comenzó el lunes con una clase teórica y dejó para el final de la mañana resolver las dudas que sus alumnos traían de un fin de semana de devoción delante de sus equipos haciendo las tareas que el profesor les mandó el viernes. María Dolores parecía distraída. Miraba con frecuencia su teléfono donde Ricardito pudo entrever corazones verdes y cruces rojas. “María Dolores, necesito que se centre usted en la clase de hoy” reprendió a su alumna favorita. María Dolores enrojeció cabizbaja y no volvió a separar su mirada del profesor y de lo que estaba contando.

En la pausa para el bocadillo se disculpó con el profesor quien aprovechó este momento de debilidad para tantear a María Dolores en temas políticos y evaluar, así, si sería posible convertirla a ella en la ejecutora de sus planes.

El primer día que María Dolores abrió Tor y entró en las direcciones que había apuntado tras la enésima clase privada y teórica que Ricardito le había dado, fue como entrar en un piso de estudiantes Erasmus después de la fiesta de despedida. Por un descuido, casi termina comprando un riñón con los bitcoins que le habían prestado unos amigos de Ricardito. Otro descuido y casi compra MDMA para toda la comarca. Su misión ese día consistía solo en navegar. En pasear. En moverse de un sitio a otro por el directorio que estaba activo esa semana. Pero no pudo evitar ver enlaces que no debería haber visto. Aunque estaba bien aleccionada sobre lo que debía o no hacer, la navegación tan poco directiva le llevaba una y otra vez a sitios que le costaría quitarse de la cabeza.

Pasaron las semanas y María Dolores seguía entrando a ratos sueltos a Tor. Ricardito ya casi la había convencido de la utilidad política que podía tener sobre todo para movimientos anarquistas como el suyo y María Dolores no había tardado en simpatizar con unas ideas que le recordaban tanto a las de su difunto Aurelio. Sin embargo, María Dolores, que no quería líos, se había convertido en la madre y la abuela universal del deep web. En medio de aquel guirigay de personas donde se mezclaba lo peor con lo mejor de cada casa, María Dolores había abierto un consultorio sobre todas las cosas cotidianas que se le escapaban a los hackers más avezados. Hablaba allí sobre las recetas que sus hijos nunca cocinarían, resolvía dudas sobre temas domésticos a hackers que nunca se habían tenido que enfrentar con una mancha de grasa en los pantalones vaqueros o que no sabían si los huevos estaban frescos o no, pero que sin embargo sabrían alterar el sistema de seguridad de una central nuclear en pocos minutos. “Mira, Alfa33, te he dicho muchas veces que no me andes con los del ISIS, que no son trigo limpio, haz el favor de dejarte de tonterías”. Ese era el poder de María Dolores en la deep web. “Oráculo25, deja de estafar a las personas, en lo que va de mes has vendido 25 veces tu riñón, y te estamos viendo”. También se creó un grupo de consumo que fue inmediatamente el cliente principal de María Pilar y Tomás quienes, con tantos clientes veganos, tuvieron que ofertar la posibilidad de apadrinar perales y manzanos además de ovejas y abejas.

María Dolores no se convirtió en una activista política, como pretendía Ricardito, pero se convirtió en el soporte práctico del lado no malo de la deep web.

El cuadro, “Cabeza de muller” de Maruja Mallo (1941).
La canción con la que empecé a escribir este cuento: “Dzovarev” del disco 15 de Ara Malikian.

La semilla de este cuento la han puesto Xiana y Puri. De nuevo. 

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