Un capuccino grande con leche de soja, por favor.

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-Un capuccino grande con leche de soja, por favor.
– ¿Su nombre?
– Xiana
– Perfecto, son 6,25 €.

Xiana cogió el vaso desechable con su nombre escrito en él –en realidad ponía Anna- y salió a la calle. Bebió un trago y no le supo como de costumbre, pero imaginó que habían cambiado la marca de la leche de soja o que quizá era porque se acababa de lavar los dientes y, como tenía prisa, siguió andando sin volver a la famosa franquicia de cafés a reclamar.

Algunos meses antes, Manolo había vendido el bar que había heredado de su padre, recién fallecido, porque no había sido capaz de mantenerlo a flote en unos tiempos donde los clientes de toda la vida se habían empeñado en visitar a San Pedro uno tras otro y los nuevos clientes preferían pagar por un café en vaso de papel el triple que por uno en una barra de metal donde parecía que siempre estaban colocando los platos y las tazas en una estridencia constante. Como por arte de magia o de una intervención del equipo de arquitectos y decoradores del programa de Chicote (hola Enrique), apenas unas semanas después en el que había sido durante 70 años el Bar Manolo lucía el letrero verde con letras blancas, sonaba un jingle tras otro y olía a canela con jengibre y leche muy caliente.

Joseinacio, el padre de Manolo, era un asturiano que llegó a Madrid con una maleta, algo de iniciativa y bastante de “no queda más remedio”. Entró de camarero en un bar que al cabo de los años terminó siendo suyo y, en agradecimiento, bautizó a su único hijo con el nombre del establecimiento que se convirtió en su hogar en la gran ciudad.

Manolo tenía nombre de bar y una lista interminable de facturas a las que hacer frente dirigidas a Manolo: bar y persona.

Empezó a buscar trabajo en una época de crisis donde hasta los camareros sobraban en la ciudad que nunca duerme (porque  Madrid hacía cuentas por la noche y cola en los comedores sociales de día). Y el azar o el karma o el espíritu de su padre le colocaron detrás de un mostrador lleno de muffins, con un delantal verde y una instrucción muy clara “nunca escribas un nombre bien”. Sí. En la franquicia que habían inaugurado donde antes estuvo Bar Manolo.

Nunca fue nuestro protagonista amigo de conformismos y quizá la poca sangre minera que aún le quedaba fue la que le empujó a planear su pequeña venganza. Criado entre los efluvios de Soberano y Anís del Mono, las recetas del café verde se iban a transformar.

Manolo convirtió los Frapuchinos, Chai tea o Capuccinos con leche de soja en carajillos, sol y sombra , café con gotas (de orujo) o café con leche en vaso de caña que metía dentro del vaso de papel. El efecto “el traje nuevo del emperador” jugaba a su favor y los clientes solían fijarse más en los errores en sus nombres escritos en los vasos que en el sabor peculiar de las bebidas –qué innovadores son estos afranquiciados con sus nuevos sabores de temporada-.

Tras el café llegó el turno del mostrador de dulces. Un día quitaba una enorme cookie y ponía una campurriana. Otro día sustituía un muffin de arándanos por una magdalena de La Bella Easo. Los sobaos  en pack de dos y envueltos en plástico eran las nuevas tartas de zanahoria y los churros y las porras comenzaron a campar a sus anchas entre yogures bío con arándanos, tupper con algo que una vez fue fruta fresca y los pain au chocolat.

Nadie sabía de dónde venían los pequeños cambios pero todos asumían que de un escalón más arriba de la jerarquía y estaban entrenados para no cuestionar a la autoridad. Por eso disimularon su extrañeza al ver el mostrador de canela, palitos de madera, azúcar moreno y nuez moscada cubierto de botes con mondadientes unidos a servilleteros rectangulares de metal rellenos de servilletas de las que ni secan ni absorben.

Fue sorprendente que “Campanera” se convirtiese en la sintonía de apertura del café. Tan sorprendente como que apareciera una tele en la esquina sobre un soporte en ángulo recto que emitía a Ana Rosa por la mañana y el fútbol –el que fuera- por la tarde. Algunos medios se hicieron eco de cómo la famosa cadena norteamericana se había ido adaptando a la idiosincrasia española y lo celebraban como una pequeña victoria local.

Pero en un país donde los superhéroes se llaman SuperLópez la venganza de Manolo no podía salir bien. Mantener los costes de su hazaña superaba con creces los ingresos que las multinacionales pagan por un trabajo imprescindible pero, para los que toman las decisiones, menor. Y el brandy, el coñac, el orujo y las campurrianas salían del presupuesto que a Manolo le quedaba después de invertir su ínfimo sueldo en pagar las facturas pendientes, el alquiler del piso y los plazos de un implante capilar que nunca arraigó. Sus ideales le llevarían a la ruina si no asumía pronto el ínfimo papel de figurante que le había asignado la vida.

Algunas semanas después nadie echaría en falta ni las campurrianas, ni las gotas en el café ni a aquel camarero tan taciturno. ¿Cómo dices que se llamaba? ¡Ah, sí! MaMolo.

 

La semilla de este cuento la puso Puri en un mensaje:

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A Xiana (y a mí) nunca nos escribirían bien el nombre a la primera ni aunque no fuera norma de la casa escribir mal los nombres.

Manuel se queja de que su nombre no pueda escribirse mal.

Estaba escuchando este disco mientras escribía el cuento: “Just a matter of maners” de Pike Cavalero

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