Mi asesinato en IFEMA

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Nada me hacía presagiar, cuando sonó la alarma del móvil aquella mañana a las 6:45 h con Bridges Burning de los Foo, que sería la última vez que la oiría. No sucede nada distinto el día que te matan, hasta que te matan. O quizá soy yo, que nunca he sido carne de sextos sentidos o especialmente sensible a las señales que llegan del más allá. No te sientas delante del desayuno y piensas que ese es el último café que vas a tomar. Qué demonios. De haberlo sabido podría haberme permitido un capricho en el Starbucks que está de camino al recinto ferial. Total, qué son 10 € y 2000 calorías de más si en unas horas estarás muerta.

Tampoco se pronunció mi instinto al entrar a la feria de productos de higiene bucal. No tuve dolores febriles premonitorios ni fiebres delirantes fruto del trance. El día estaba siendo tan anodino que habría caído en el olvido si no hubiese tenido un final fatal -fatal para mí y probablemente para la camisa del tipo al que le salpicó la sangre de mi cuerpo tras el primer disparo-.

Una persona normal como yo nunca se plantea que puede ser asesinada a sangre fría y de forma intencionada. No parece fácil imaginar qué motivos o razones pueden llevar a una persona conocida o desconocida -conocida, en mi caso- a disparar cara a cara sin un móvil económico, sin intención de vengar una afrenta, sin algo que responda a la pregunta que todos se hicieron en mi funeral “¿Por qué?” sin usar la única respuesta válida en este caso “porque sí”.

Si mi vida hubiese valido la pena tanto como para ser llevada al cine, la actriz que haría de mí habría avanzado por el largo pasillo cubierto de moqueta ferial de color negro poco después de acreditarse a la entrada de IFEMA. Y probablemente la acreditación se deslizaría una y otra vez entre sus pechos, voluminosos y firmes. Qué menos que buscar una actriz que mejorara la realidad. Y que la mejorara mucho. Aunque, quizá, con tanta mejora, el público podría encontrar en su belleza una excusa para el asesinato (ya sabemos que en la narrativa social en la que vivimos es más fácil culpar a la víctima que al verdugo). La actriz que haría de mí habría llegado hasta el stand nº 45, de seda dental de sabores -no dejen de probar la de canela, yo ya no podré hacerlo- y habría saludado afable a compañeros y vecinos de feria. Eso era lo que estaba haciendo cuando me llegó un mensaje de una persona con la que compartí amistad y juegos de infancia hasta que su estado de facebook pasó de “es complicado” a “just married”. Para intentar que mi relato permanezca inmutable a sus juicios de valor, trataré de ocultar el sexo de mi asesino. O asesina. En realidad su sexo no cambia el hecho de que estoy muerta, de que he sido asesinada. Pero si mi asesino es un hombre ustedes pueden pensar que hubo un asunto de corazón detrás -sabiendo como saben de mi heterosexualidad practicante- y, si por el contrario, mi asesina fuese una mujer, podrían atribuirlo a la leyenda urbana que nos enemista desde el nacimiento hasta la muerte con el resto de las mujeres de las que nos rodeamos. Y ni un cosa ni otra.

En los últimos días distintas personas de mi pasado lejano se habían puesto en contacto conmigo por causas muy diversas, así que el mensaje de “hace años que no nos vemos ¿dónde estás? me acerco” me sorprendió pero no tanto como si lo hubiese recibido un mes atrás, antes de las reapariciones.
Si hubiese leído más casos de Sherlock quizá todo me habría parecido lo suficientemente inusual como para sospechar de las ganas repentinas y urgentes de encontrarnos.

Repentino.
1. adj. Pronto, impensado, no previsto.

Supongo que si sales de casa con una pistola cargada, una pistola que sabes usar -¿ustedes han disparado alguna vez una pistola? Yo no, no habría sido capaz de acertar a nadie con un arma sin haber practicado antes- no es algo repentino. Para la persona que me asesinó, no. Aunque lo fue para mí, sin duda..

Ni siquiera tomamos un café. Mi sonrisa ante su figura acercándose por el pasillo central que yo misma había atravesado dos horas antes no llegó a desvanecerse porque la bala llegó más rápido a mi cuerpo que la velocidad de procesamiento mental que me habría permitido hilar lo que sucedió en mis últimos segundos de vida: el brillo de la pistola en la mano de una persona que fue amiga y un disparo dirigido a mí. Yo, una persona corriente, comercial de una empresa de seda dental de sabores, sin grandes amigos ni grandes enemigos, sin grandes pasiones ni grandes tristezas, con una vida confortable y anodina, invisible, fui asesinada por quien solía compartir conmigo los helados en las tardes de los veranos en los que aprendimos a crecer.

He terminado este cuento escuchando esta canción:

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