Mi primera estrella Michelin

Roald Dahl La Cata

Sonó el teléfono a primera hora de la mañana “Ha llegado el día. Irá hoy. Tenlo todo preparado”.

Rodolfo Lapputti puso en marcha en 1985 una guía Michelin alternativa que elevaba al cielo de la gastronomía doméstica o condenaba al infierno de la tortilla de patatas recalentada en el microondas y cubierta de ketchup a los hogares que visitaba. Como en una sociedad secreta, las personas que se encargaban de cocinar en cada casa de la pequeña (o gran) ciudad se miraban con recelo en la cola de la pescadería o cuchicheaban al paso de la última víctima que no había sido capaz de encontrarle el punto a la lasaña de espinacas, gulas y gamonedo y que, desde entonces, sobrevivía, junto a su familia, a base de productos cárnicos de dudoso origen a 1€ en el súper del barrio. Todos sabían lo que allí se cocía -cómo resistirse a usar esa frase- aunque nadie había visto nunca tan venerado documento. No era difícil reconocer a las vacas sagradas -de nuevo, imposible resistirse- que habían sido honradas con hasta 3 estrellas Michelin -sin tilde, porque es Mishelán, engolado- por platos como el nido de patatas con huevo escalfado y codorniz ponedora poniendo, el volcán de sopa de cebolla sobre arenas movedizas de picadillo o bacalao al pilpil estilo tradicional pero servido en vaso de chupito, recuerdo de Benidorm, porque entraban a la carnicería por una alfombra roja hecha de lengua de vaca y le preguntaban a las cabezas de cordero -traídas directamente del mercado central de Atenas- si querían ser cocinadas ese día.

Los grandes perdedores de aquella batalla silenciosa no salían del pasillo de ofertas del Carrefour, que Lidl es demasiado gourmet para tanta infamia.

Recibí la llamada un 11 de febrero de 2015, jamás podré olvidar esa fecha (creo que fue ese día, sí). Con un inicio de mes demente, la nevera no era el paraíso al que tenía acostumbrada a mi extensa familia de cero personas y ningún animal. No llevaba demasiado tiempo viviendo en la ciudad y era importante que mis vecinos y vecinas se quitaran de la cabeza la imagen de excéntrico que tenían de mí por un pequeño incidente en un autobús al que llegué sin ropa bajo la gabardina. Y, luego, sin gabardina.

Comprobé si tenía todo lo necesario para sorprender o al menos no intoxicar a Lapputti. Tenía suficiente nitrógeno líquido, la cámara de envasar al vacío funcionaba a la perfección, no tendría problema con las esferificaciones pero andaba justito de cebolla. Prepararía lentejas con chorizo. Y se llamarían falsas lentejas sobre cama de chorizo deconstruido y espuma de tocino sin cielo. Tras preparar unas lentejas al estilo tradicional, separé el compango y trituré el guiso como el puré de lentejas que comíamos en casa para que los niños nos quejáramos menos al comer dos días seguidos lo mismo, hice cientos de pequeñas esferas con ese puré que coloqué de forma delicada sobre una cucharilla de café. Cogí un cerdo de los que pastaban tranquilos en la parte de atrás del edificio de enfrente, le corté el cuello y dejé que la sangre, sin cuajar y mezclada con un poco de ajo y pimentón, cubriera las bolitas de puré. Metí el tocino en el sifón -después de un largo proceso que desconozco- y misteriosamente salió en forma de espuma que coronaba el plato dándole un cierto aspecto de bukkake.

Rodolfo llamó a la puerta a las 2 en punto. Nos miramos a través del cristal de la mirilla. Yo no había visto nunca unos ojos como los suyos. Me repetí lo que me solía decir mi madre, versión libre de “Amanece que no es poco”: “un hombre en la mesa es un hombre en la mesa” y abrí con precaución y distancia, lo que no evitó que le besara apasionadamente en los labios cuando fue capaz de atravesar el umbral.

En Spotify sonaba una lista de reproducción de una profesora de yoga de Montana. Había escondido todos los muebles del comedor en la terraza para darle a todo un aire tan minimalista que no nos quedó más remedio que comer de pie. Saqué la cucharilla con mi creación lentejil y no me pude impedir volver a besar a Rodolfo, más con el ánimo de estimular sus papilas gustativas que de embelesar sus pupilas verde mar.

Om mani padme hum. Lapputti (Rodolfo, Ro) se introdujo la cucharilla en la boca a ritmo de slow motion. Se oía su saliva a cámara lenta envolver el delicioso plato mientras los ojos otrora verde mar se ponían en blanco y de reojo pude atisbar una ligera erección.

Han pasado dos meses desde entonces en los que han sucedido tantas cosas y ninguna. El recuerdo del cuerpo de Rodolfo en mi salón sigue marcando el espacio como si fuera una rotonda. Noto su olor en mi ropa, en mi pelo y echo de menos todos los cafés con espuma que me habría hecho o me hizo. Tengo quince estrellas Michelin -Mishelán, les recuerdo- y un prestigio ganado a pulso que se traduce en ser el asesor gastronómico de la pequeña ciudad. Ya no compro sino en el mercado central de abastos. Los pescaderos me ofrecen un café mientras me cuentan qué productos han traído hoy y negociamos solo con la mirada el precio de cada pieza. He tenido que volver a meter los muebles del salón porque la terraza se ha convertido en mi propio minihuerto de miniverduras y minifrutas miniecológicas que abastece a todos aquellos minivecinos y minivecinas que me hacen suficientemente la pelota. Y tengo en mi habitación un horno de pan.

Rodolfo se retiró de la guía Michelin doméstica y en su lugar entró cualquier otro atractivo joven elegido a golpe de Tinder. Mis quince estrellas me situaban lejos ya de tanta mundanidad y nunca más necesité ponerme ropa debajo de la gabardina.

La foto, de la portada del libro “La cata” de Roald Dahl de Nórdica Libros que tengo ahora mismo sobre mi mesa.
La peliAmanece que no es poco“, de Cuerda.
Sé que ha estado “Sin noticias de Gurb” en mi cabeza mientras escribía este cuento y que el estilo también está “contaminado” (para bien) de algunos relatos que leí a mediados de febrero. 
Este cuento empezó así en twitter:

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