La inyección

Le anunciaron que le quedaba poco tiempo de vida, apenas unos meses que quizá irían acompañados de sufrimiento, aunque no podían ser más exactos con una cosa ni con la otra. Notó algo extraño en aquella consulta. Demasiada luz, una enfermera que coronaba su encrespada melena pelirroja con una cofia de cruz roja sujeta por horquillas. El aspecto de aquel lugar tenía más de orfanato de terror que de hospital de la Seguridad Social. A cambio, el médico, le propuso participar en un innovador programa de eutanasia que podría acabar con aquello en dos horas. Sin saber cómo ni porqué, como si estuviese atrapada en la gravedad de los sueños que impide mover el cuerpo con facilidad, responder con celeridad, aceptó esta solución rápida que llegó en manos de la enfermera. Aquella inyección acabaría con ella en dos horas.

La camilla, la jeringuilla, la enfermera… Se vio dentro de un sueño aunque pudo sentir la fina aguja entrando por su piel, moviéndose mientras buscaba sus venas para volver a sentir el gélido acero introduciéndose, ahora sí, en su destino final.

Salió de la consulta lentamente mientras el mundo insistía en moverse deprisa. Fue entonces cuando su cerebro por fin reaccionó. Cuando se dio cuenta de la decisión que había tomado, irrevocable. Cuando entendió que iba a morir en apenas dos horas. Todo acabaría, hasta la incertidumbre. Pero no estaba segura de haber tomado esa decisión. No estaba segura de si eso era realmente lo que quería. Ni siquiera si lo había querido alguna vez.

Comenzó a caminar cuando la imagen de su madre asaltó su pensamiento. Su madre. No iba a poder despedirse de su madre. Se imaginó a su madre junto a su cadáver. Una hija que no sobrevivía a su madre era algo anti natural. Lo oyó una vez en un entierro de alguien que murió demasiado pronto. Y sintió, como sentía muchas veces, exactamente lo mismo que ella sentiría. Sintió el dolor sordo que se perpetuaría el resto de su existencia. El desconsuelo infinito. Una tristeza inconmensurable, sin consuelo. Y ella, ELLA, había elegido morir antes de tiempo. En dos horas. Sin despedidas. Seguía sin saber cómo había tomado la decisión. Y se repetía en su cabeza la imagen de la enfermera que le sonreía mientras le clavaba la inyección letal.

Aturdida, se dirigió al metro. El tiempo corría en su contra, debía llegar a su casa, no podía morir allí en medio. Los pasillos subterráneos estaban repletos de gente que caminaba despreocupada. Ella intentaba andar, intentaba avanzar más deprisa que las agujas de su reloj, porque se iba a morir y tenía que salir de allí cuanto antes, pero la multitud se lo ponía difícil. Un tren y luego la línea 1. La línea 1. ¿Dónde estaba la correspondencia con la línea 1? ¿Dónde estaba ella? Sudores fríos le empapaban la ropa. Vagó por andenes de Cercanías y de metros, por macroestaciones de pasillos interminables e indicaciones confusas. “Me voy a morir aquí, yo sola, tengo que llegar a casa; TENGO que llegar a casa”.

“No me quiero morir”. Por fin se dio cuenta. Se dio cuenta y fue capaz de pronunciarse ante sí misma las palabras que debería haberle dicho al médico, a la enfermera, una hora antes, cuando aún estaba a tiempo. “No quiero morir” y las ganas de vivir se disfrazaron de angustia. La angustia con la que trató de desandar el camino andado. La angustia con la que se convenció de que debía haber un antídoto, algo que detuviera el líquido gélido que recorría sus venas. La angustia con la que se aferraba a la vida mientras el tiempo le empujaba a la muerte.

Llegó al hospital, quizá a uno distinto, y le suplicó a la primera enfermera que encontró que le inyectara el antídoto contra su muerte segura. La enfermera, que ahora volvía a ser la misma caricatura de enfermera muerte que comenzó su pesadilla, adoptó un tono displicente al responderla que no había antídoto, que debía recordar beber mucha agua y estar en posición horizontal para que el líquido letal fluyera con normalidad, que si seguía de pie, corría el riesgo de partirse los plantas. “Qué más da” pensó “si voy a morir igual; no entiendo esta preocupación por los procesos cuando el resultado final es inminente”. Pero se resistía a morir, no quería morir y no podía hacer nada. No había vuelta atrás ni proceso inverso que revertiera una decisión que no sabía cómo había tomado. No quería morir pero no había alternativa más que suplicar a la enfermera y a todas las enfermeras con las que se cruzaba en sus carreras desesperadas por el hospital.

Había elegido vivir. Despertó y escapó de la muerte.

La noche del 23 al 24 de septiembre me desperté a las 2:17 y transcribí la pesadilla en la hoja de notas del iphone (la foto). Y aquí está, con matices y menos terror del que pasé yo.  

la foto

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