Licenciado en Diseño de Espacios

Licenciado en Diseño de Espacios. henarleon.wordpress.com

Licenciado en Diseño de Espacios. Así fue como tradujeron el título de Mathew cuando lo convalidó en la UNED. Y era con ese título con el que comenzaría a buscar trabajo.

Mathew era un norteamericano atípico amante de los lugares pequeños y abarrotados. Un atípico típico norteamericano a quien habían colgado el cartel de “es muy europeo”. Y con eso explicaban que le gustara el vino, vivir en la ciudad, viajar en bicicleta y tren y ser pudoroso a la hora de manifestarse en público.

Mathew era un norteamericano atípico porque no sabía vender ni venderse, no aspiraba a pasar todo su tiempo en el trabajo y se conocía el mapa mundial mucho mejor que Santa Claus.

Pero él no se consideraba atípico, porque llevaba toda la vida viviendo consigo mismo y lo raro era, quizá, lo demás. Y por eso no entendía por qué las negativas a sus proyectos iban acompañadas de “esto no encaja aquí”, “nos gusta el aire europeo, pero no tan europeo”, “¿y la bandera dónde la ponemos?”.

Por eso un buen día decidió empaquetar sus herramientas, sueños y pijamas en 3 o 4 cajas que envió por UPS y un par de maletas que le dieron problemas en el aeropuerto -Too heavy, Sir-, se montó en un minúsculo -claro- avión de American Airlines y aterrizó en Madrid una nublada tarde de septiembre.

En su moleskine conservaba la tarjeta que le había dado un directivo tras rechazar su proyecto con la siguiente recomendación “Vete a Madrid, amigo; es una ciudad de lindos atardeceres y en VMM hay un sitio para ti”. Ahora estaba frente a la puerta del gran edificio de VMM. Iba acompañado de un manojo de nervios, un portafolio con sus trabajos y un paquete de goma de mascar.

Resumiremos los detalles en una frase: puerta acristalada giratoria, recepcionista amable, seguridad, ascensores, vértigo, más ascensores,  pasillos y moquetas y puertas y luces y olores estándar -huy, el resplandor versión VIP, pensó- y por fin el número 99. “Pase, pase usted, señor McDonald” -vean qué trágico apellido para no ser tan americano como esperaban de él-.

“Así que, por lo que pone aquí, es usted Licenciado en Diseño de Espacios ¿no es así?” “Así es; he traído una muestra de trabajos” (toda esta conversación se produjo en inglés; pero me he permitido ir a la versión doblada directamente). “No es necesario, Mr. McDonald; va a empezar hoy mismo a trabajar.”

De la sala 99 pasaron a la 124. Sería su despacho. Un Mac enorme. Una mesa para hacer maquetas. Material para hacerlas. Y un inmenso telescopio que ocupaba gran parte de la habitación.

“Vamos a empezar por algo sencillo, Mr. McDonald; antes de ponerle a trabajar con un espacio, le vamos a pedir que nos diseñe una galaxia; el telescopio de su despacho le indicará la ubicación exacta -nos hemos tomado la libertad de dejarlo programado-, en su ordenador tiene el documento de necesidades del cliente: número de estrellas y edad de las mismas, número de planetas, edad de los mismos y requisitos de habitabilidad; no olvide incluir fuente de energía autónoma con un periodo de duración de no menos de 10.000 millones de años. ”

Mathew no tuvo tiempo siquiera de sorprenderse. Cuando quiso salir de su estado entre atónito y catatónico su nuevo jefe había abandonado la sala. Mathew no tuvo tiempo de sorprenderse y pensó, quizá, que en eso consistía ser europeo. Encendió su ordenador y empezó a trabajar en su nuevo puesto de Spatial Designer.

La foto, mía, del Observatorio Griffith, en Los Ángeles

Una canción, Arietta and Variations in A Major (Hoboken XVII:2)  por Mindru Katz

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