De atardeceres, barcos y globos


Los barcos de pesca y algunos de recreo, como de costumbre, esperaban quietos, anclados, a que el sol dejara de iluminarles para comenzar a recoger, rumbo al puerto. A casa. Cada tarde hacían la ceremonia respetuosa, alejada de dioses y de miedos y sonreían al astro naranja y jugoso que se iba a dormir. Nunca les fallaba. Nunca le fallaban. Hasta que recibieron una carta: aquel atardecer sería el último. Quizá de ellos, quizá de él. 

 
Así que fieles a sí mismos, fieles a él, se situaron en sus posiciones una tarde más. Admiraron como cada tarde la magia que se escondía detrás de aquel imperceptible movimiento constante que sacaba al sol lejos de allí. Era bello, era imponente pero, sobre todo, cada trocito les pertenecía. Al marcharse dejaron que las lágrimas brotaran sin pudor. Movieron los labios diciendo adiós. Recogieron las redes. Partieron. 
 
Y, en efecto, no hubo más atardeceres como aquellos. No hubo barcos despidiendo al sol. Porque no había barcos. O quizá no había sol. O quizá alguien, al otro lado del mundo, había sujetado la brillante esfera con una cuerda de globo guardándolo sólo para sí.

El vídeo, esperando la puesta de sol en Gijón.
Una canción, “Se t’innamorerai” de Touquinho.

Estr cuento es un tuitrelato publicado en twitter la noche del 9 de agosto de 2012. He corregido alguna errata y he cambiado la última frase.
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