¿Bailas?

¿Bailas?

Probablemente no. Porque no te gusta. O porque no lo has probado. Sin embargo te acercas a la orilla del mar como si las olas te concediesen el primer baile de la noche.

Te miro mientras revuelvo la arena, buscando el tesoro escondido tras la mampara de la habitación del pánico que nos da vivir.

Tampoco besas. Ya no. Y lo dices subiendo una ceja y mirando a los ojos, certificando lo imposible, lo posible, lo que fue. Ya no besas ni bailas y rebusco entre mis deseos verbos que empiecen por b, como brillar, bromear, broncear y burbujear. ¿Burbujeas? Yo sí. Cuando te miro. Tan lejos.

Las nubes nos observan y juegan a adivinar formas con nuestras sombras sobre el suelo. Ahora tú eres igual que un murciélago de noche. Y yo… yo parezco una sombra intentando permanecer quieta en medio de una tempestad.

Busco con b el extremo de la madeja que desembrolla el motor inicial. Pero a veces, con v, no es tan fácil lo evidente.

El cuadro, de Tamara de Lempicka.
Una canción, cualquiera del disco “Antología” de Estrella Morente

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