Una revolución verdadera

Ricardo tuvo de siempre vocación de óptico. Le gustaban las gafas que llevaba desde que tenía uso de razón. Con tantas visitas a la óptica, a los 12 años ya conocía el nombre de todos los aparatos y podía leer las filas de letras casi de memoria. Siempre tuvo vocación y, además, tuvo suerte: abrió la primera óptica de su pequeña ciudad natal. Ricardo solía ir a misa los domingos, tomaba el vermú después con sus amigos del San Gabriel y se consideraba una persona afable. Mimaba cada detalle de su pequeño local que, de la noche a la mañana, se amplió a casi el triple. Mimaba con esmero la atención a los clientes, los conocía a todos por su nombre y dioptría. Salía a la puerta de la calle, con la bata blanca, digna imagen de un anuncio de blanqueante para la lavadora, orgulloso poseedor de una pulcritud sin parangón, sonriente y satisfecho de su pequeña victoria vital, y no pedía nada más. Por eso se sorprendió el día en que el alcalde lo llamó por teléfono para informarle de que le había sido concedido el premio al mejor empresario joven del año. Exultante de felicidad, su educación cristiana lo empujó a buscar una forma de agradecerle a la vida y a su dios tanta suerte y tanta benevolencia, por lo que decidió hacerse voluntario de un comedor de monjitas de la caridad.
Prefirió salir de su ciudad para evitar encariñarse con los pobres con los que se podría cruzar si se quedaba en terreno conocido, así que buscó un comedor céntrico en Madrid, se vistió para la ocasión con la ropa más vieja que encontró en su casa (que no estaba vieja, sólo pasada de moda) y se montó en el tren rumbo a Atocha con un mantra como única referencia: “Plaza de Jacinto Benavente, al lado de los cines Ideal”. Preguntó la dirección a varias personas en los aledaños de la Puerta del Sol, pero parecía como si todos se hubiesen tragado una poción mágica que los hiciera hablar en idiomas de mil colores, incomprensibles para él. Cuando estaba a punto de lograr encontrar el lugar, se vio engullido por una masa de gente joven que corría desaforada hacia el kilómetro 0. Una masa que reclamaba a voces una vivienda digna, una casa para todos. Al grito de “¿Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa?” la multitud lo arrastraba hacia el epicentro del tumulto. En su desesperación levantó la cabeza y la vio, vio una cara sobre un pañuelo palestino, el pelo ensortijado, moreno, con rizos de colores. La vio dar instrucciones tras un megáfono, corear consignas, sonreír, correr delante de la policía… Efectivamente, aquel calor que estaba sintiendo en el corazón, era amor.
Por instinto se acercó a ella, quien lo tomó por uno más, le dejó el megáfono para que dirigiera él a la masa un rato, y comenzó a repartir panfletos. Ricardo sentía aquella situación tan rara como si estuviese viendo una película, como si él no fuera él y ella, en cualquier momento, volviese su cabeza y se convirtiera en Meg Ryan. Pero él era Ricardo, el empresario joven más destacado de 2007 en su ciudad, a él le gustaban el orden y la disciplina, a veces votaba a la derecha y aún no había perdido la virginidad, y estaba persiguiendo, completamente hechizado, a la mujer de sus sueños.
Ricardo la siguió aquella noche al campamento que el movimiento por la Vivienda Digna tenía en Ciudad Universitaria, aunque no había sitio para él y tuvo que dormir a la intemperie. Cuando ella se despertó se encontró una caja con Dunkin’ Donuts y un café del Starbucks. Sorprendida y ofendida, le explicó al nuevo integrante del movimiento lo dañinos que eran para la salud ambos productos (“¿es que no has oído hablar nunca de las grasas polisaturadas? ¿y de los problemas que acarrea a la economía la implantación de ciertas franquicias impersonales como los Starbucks?”). Ricardo se dio cuenta de que conseguir aquel amor no iba a ser tarea fácil, pero estaba dispuesto a todo por despertarse el resto de sus días envuelto por rizos de colores. Recogió lo que había llevado, lo tiró a la basura y su Bella Durmiente le volvió a reñir por no tirar cada cosa en su cubo; el lo intentó de nuevo y solamente falló con la cucharita del café, que era de madera y no sabía si eso era envase u orgánico, y se marchó, solo y cabizbajo, de nuevo a su ciudad, a su rutina, a su vida.
Como no lograba volver a retomar el ritmo de su antigua paz fue resolutivo en su decisión: de día seguiría siendo el óptico afable al que todos querían, de noche sería el Ché Guevara de la Vivienda Digna.
Y así fue como Ricardo y Joana se fueron conociendo. Ella pensaba que era un tipo raro, un revolucionario total porque ni siquiera iba vestido de revolucionario, con aquellas camisas de leñador tan raras, ¿sería “oso”? Ricardo sólo podía respirar si ella estaba cerca, lo demás no importaba nada. Él es un auténtico revolucionario, sin duda, porque sus ideas están vírgenes, inmaculadas, no se limita a repetir lo que otros ya dijeron. Cuando ella sonríe, el mundo se para y mi corazón vuelve a latir. Sí, es un tipo raro, pero me gusta estar con él. Joana. Ricardo.
Ricardo mantenía su doble vida como podía. Cerraba la clínica lanzándose a Madrid. En el tren se cambiaba de ropa, vistiéndose lo más parecido posible a los amigos de ella, es decir, sin orden ni concierto. Ella lo recogía en Atocha, creyendo que venía de la otra punta de la Comunidad, de su ardua labor de técnico de montes, por eso la mochila. Paseaban sin cogerse de la mano, porque Joana creía que aquel era un signo del sometimiento de la mujer al hombre. Pero se olían, tratando de recuperar el instinto animal perdido.
La doble vida llevaba a Ricardo a cometer errores, a veces aparecía con un imperdible de 10 cm en la gabardina, a veces una camisa debajo de la camiseta negra con el mensaje “Reciclante sin fronteras”. A sus clientas de toda la vida les llamaba “troncas” y a los amigos de Joana, de usted. Por eso se decidió a contarle a Joana la verdad.
Y dejaré esta historia con un final abierto:
a) Joana acepta la realidad de Ricardo, se acomoda rápidamente a los placeres del dinero, olvida su militancia y se casa en la Magistral con el óptico más importante de la ciudad.
b) Joana entiende que Ricardo es un caso que necesita rehabilitación profunda, así que celebran un rito balinés de unión, y se van a vivir a las Alpujarras donde un tal Keko los ayuda con las paredes de adobe de su nueva cabaña.
c) Joana deja a Ricardo con la palabra en la boca y, harta de freakys, maldice su mala suerte con los hombres y, a otra cosa, mariposa.
El cuadro, “Amanti Rosa” de Chagall.
Hay una encuesta a la derecha para que elijáis final.
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5 comentarios en “Una revolución verdadera

  1. No los consideraba tristes, los considero divertidos. Es un cuento de humor de una historia rara, sin más trascendencia. No creo que ceder, si es voluntario, sea algo triste. No me tomes tan en serio :DBesos!!Henar

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