Gheorghe e Irina

‑Quizá deberíamos probar suerte en España.

Sin una idea clara de lo que era España, sin ser capaces de situarla en el mapa, pero con ganas de huir de la pobreza que cada día era más insoportable, empaquetaron lo poco que tenían, y se embarcaron en un autobús que tardó varios días en llegar a su destino. Tenían 70 años y ya no tenían nada. Con el poco dinero que lograron por la casa en la que vivían (y es que en Rumania la especulación inmobiliaria todavía dormía latente a la espera de tiempos mejores) habían pagado los billetes, y lograron una minúscula habitación en la casa de un pariente lejano de Irina a su llegada a Madrid. Una casa que compartían con más rumanos que también perseguían un sueño y que parecían lejos de haberlo encontrado.

Gheorghe e Irina pasaron su primera noche española en blanco. Sus ilusiones comenzaban a desvanecerse: parecía que aquello no iba a ser tan fácil como habían pensado… Claro… No lo pensamos lo suficiente… Tendríamos que habernos informado de cómo le iba a la gente por aquí… Pero claro, nosotros sólo veíamos llegar dinero desde España y nos imaginamos que sería otra cosa…

A la mañana siguiente, y durante todas las mañanas de muchos días siguientes, Gheorghe e Irina salieron a buscar trabajo. Siempre la misma respuesta: demasiado mayores. El dinero se les estaba acabando y no podían volver a su país, donde ya no les quedaba nada. Como dice el refrán, el que canta, su mal espanta, así que abrazados el uno al otro, comenzaron a bailar en mitad de la calle mientras cantaban una de sus canciones favoritas. El universo se paraba siempre que estaban juntos así, como si no existiera nada más. Su amor era tan poderoso que curaba los dolores, aliviaba las penas y les reconfortaba el corazón. La música los había acompañado siempre, en los buenos momentos y en los malos. Cuando bajaron de su nube, se sorprendieron al descubrir que la gente les había echado dinero mientras cantaban. ¡No podían creerlo! La música era tan natural en ellos, para ellos, que jamás habrían podido pensar que les pudiera reportar alguna ganancia. ¡Era como comer! Pero había funcionado… Rápidamente volvieron a casa, cogieron el acordeón y la pandereta y se embarcaron en una aventura que les llevó del Retiro a Plaza de España, y de ahí a las entrañas de Madrid. Recorrían la línea 5, que era la más larga, cantando canciones de su tierra. A veces cantaban, a veces sólo tocaban. Y otras veces la música se les metía dentro y se ponían también a bailar.

No se hicieron ricos, Irina y Gheorghe (que tiene nombre de santo). Sólo lograron sobrevivir, seguir soñando y seguir abrazándose antes de dormir, con el acordeón y la pandereta al lado, satisfechos del deber cumplido.

El cuadro, “Tres músicos” de Pablo Picasso
Una canción, “Ojos verdes” (creo que se llama así), que la tocan siempre.
Una peli, “Gato negro, gato blanco” de Kusturika. Me encanta.
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2 comentarios en “Gheorghe e Irina

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