Oberbaum Brücke

Su tío le iba explicando, en español, cómo tenía que moverse por el escenario. También le recordaba las palabras básicas que necesitaba saber en alemán, e insistía en la necesidad de dar un gran espectáculo. No podían permitirse el lujo de perder aquel negocio, y el dueño siempre alardeaba de conocer a tantos argentinos en Berlín, que ellos empezaban a resultarle prescindibles. El tango era lo único que tenían frente a los otros. Una estirpe dedicada al baile desde muchas generaciones atrás. Pasos, cortes y giros transmitidos de padres a hijos. Hasta llegar a él. A Lucas.

Lucas recién había llegado a Berlín esa misma semana, como luego le explicaría. Harto de su empleo de oficinista, decidió saltar el charco en una dirección poco habitual: Alemania. No hablaba alemán, y no estaba muy seguro de ser capaz de acostumbrarse al mal tiempo, pero puso buena cara y se embarcó en el avión de Aerolíneas Argentinas sin un sueño claro en la maleta, y con un deseo de cambio que le empezaba a obsesionar. Nunca le había dado importancia al tango. Lo bailaba, claro, desde pequeño. Toda su familia se dedicaba a ello de forma profesional y su hermana empezaba a ganar mucha plata con su propia compañía de baile, pero no podía imaginar que aquella sería su primera ocupación europea: bailarín de tango.

Sin embargo, allí estaba él, delante de alemanes propios y turistas, y turistas de otros lugares. Le aterraba que hubiera algún argentino que pudiera poner en duda la calidad de su baile. Miró atento, tratando de reconocer rasgos, ropas, voces de su ciudad, pero lo único que le llamó la atención fueron unos ojos oscuros que miraban, desde lejos, expectantes. No sonaba tango, no aún, podía oírse el piano de Bebo Valdés y la voz de Dieguito el Cigala. La canción, “Se me olvidó que te olvidé” había sido un hit un par de años atrás, y Lucas era capaz de tararearla sin pensar. Así podría relajarse. Entonces vio que los labios que habitaban debajo de los ojos expectantes también tarareaban la canción. Como un acto reflejo miró los pies, y los vio moverse tímidamente al compás de la música. Era bailaría, era evidente. Se fijó en el resto del cuerpo, la espalda derecha, el pelo recogido en un moño, los músculos tersos y el bolso colgado como si acabara de salir de clase de ballet. Lucas comenzó a ponerse nervioso, y su tío contribuía a su nerviosismo con grandes dosis de consejos, recomendaciones, amenazas e imposiciones. Por fin llegó Graciela, su compañera de baile de esa noche. Hablaron de lo que iban a hacer, eligieron la música y se fueron juntos a cambiar de ropa.

“Yo te recuerdo cariño,
mucho fuiste para mí,
siempre te llevé mi encanto,
siempre te llevé mi vida,
pero hoy tu nombre se me olvida…


Se me olvidó que te olvidé,
se me olvidó que te dejé,
lejos muy lejos de mi vida,
se me olvidó que ya no estás,
que ya no me recordarás,
y me volvió a sangrar la herida.”

Malena esperaba para verlos bailar. Sólo un ratito, cinco minutos, luego volvería a casa y empezaría a hacer la maleta. Se acababa su sueño berlinés, volvía a Madrid a retomar su vida, si es que la encontraba donde la había dejado. La impuntualidad le ponía nerviosa, ¡algo se le había pegado de los alemanes!, y el espectáculo estaba anunciado a las 4. Eran las 4, hacía calor, y no sonaba tango, sonaba el Cigala recordándole lo que venía de olvidar: el flamenco y Agustín.

Le gustaba el tango, siempre se apuntaba a todos los intensivos que veía, y alguna vez se había arrancado a bailarlo entre argentinos, aprovechándose de su sonrisa inmensa para disculparse por su falta de duende. Contaba con su condescendencia, igual que ella era condescendiente con sus compañeros argentinos en las clases por soleá de Merche Esmeralda. Escuchaba muchos tangos, de los antiguos, porque le hacían vibrar desde el primer acorde. Y había coincidido con aquel espectáculo por casualidad, pero Malena, que ya sabe que tiene un nombre de tango, no cree en las casualidades. Había aparcado la bici y estaba dispuesta a esperar lo que hiciera falta. Aprovecharía, así, para despedirse del Oberbaum Brücke, su puente favorito de Berlín.

Por fin…
“Con este tango que es burlón y compadrito
batió sus alas la ambición de mi suburbio;
con este tango nació el tango, y como un grito
salió del sórdido barrial buscando el cielo;
conjuro extraño de un amor hecho cadencia
que abrió caminos sin más ley que la esperanza,
mezcla de rabia, de dolor, de fe y de ausencia
llorando en la inocencia de un ritmo juguetón”.

Lucas bailó con Graciela sin perder de vista los gestos de Malena. Malena no le quitaba los ojos de encima a Lucas, aunque también miraba atenta cada paso y cada pie. Lucas respiraba aliviado cada vez que la veía sonreírse. Malena notaba que la música le llenaba de vida y el baile le colmaba de felicidad. Qué bien lo hacían. Qué bien lo estamos haciendo. Bailó para ella. Baila para mí. Lucas no recordaba haber sentido nunca un tango así. Malena lloraba como siempre que veía bailar.

Tres tangos después, media hora más tarde, los bailarines invitaron a bailar al público: parejas deseosas de mostrar sus progresos en mil y una academias de baile. De todas las edades, de todos los colores, tacones y sombreros giraban por la pista sin cesar. Lucas fue a buscar a Malena. Malena se temió que Lucas iba a buscarla.

-Hola, soy Lucas. Te he visto disfrutar del tango. Andate a bailar conmigo.
-Hola Lucas, soy Malena. En realidad tengo prisa, me tengo que ir ya, pero tardo menos en bailar contigo un tango, que en convencerte de que no tengo tiempo. Así que, bailemos.

Y bailaron. No muy bien, visto desde fuera. Aunque esto es un cuento de amor, hay que ser objetivos. Pero ellos, desde dentro, lo vivieron como el mejor tango de su vida.

-Malena, ¿sabés que tenés nombre de tango?
-Y de un libro también. Sí.
-¿Volveremos a encontrarnos?
-Seguro.

Lucas salió de la casa de Malena en Kreuzberg, pensando la explicación que le daría a su tío por no haber ido a dormir. El recuerdo de su olor, el sabor que le dio a los tangos que escucharon y sus palmas, “siete, ocho, nueve, diez. Y un, dos, un, dos, tres” eran su bienvenida a Berlín. Su olor, el sabor que le dio a los tangos que bailaron, y su acento, fueron su despedida de Berlín. Volverán a encontrarse. Seguro.

La foto, en el puente Oberbaum Brücke. Los domingos hay allí un mercado de pintura y pintores y, en la esquina, un show de tango. También es mi favorito.
Las canciones, “Se me olvidó que te olvidé” de Bebo Valdés y El Cigala y “El choclo” (me gusta la versión cantada por F. Canaro e interpretada por su orquesta tradicional).
El libro, “Malena es un nombre de tango”, de Almudena Grandes.

Y el tango, “Malena” (que canta el tango como ninguna), tiene mil versiones, a cuál mejor.
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3 comentarios en “Oberbaum Brücke

  1. Qué linda tu historia (dicho con acento argentido digno de una groupie de Luis Ramiro)… Me encantan los tangos, me relajan, ya ves. Sobre todo los que tienen letra con carnaza (casi todos), mis favoritos son “Margot” y “De puro guapo” (entre otros).Besitos desde la caja esa en la que te clavan espadas (no te preocupes, que luego salgo enterita, enterita…)

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  2. Gracias Silverado. Tengo muchas ganas de verte.Gracias Ayudante de Luispi. Tengo muchas ganas de verte.Paso mucho por Oberbaum Brücke ultimamente, y el lugar me sabe ya a este cuento…

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