El otro lado

Ritratto di Renato Gualino". Felice Casorati.
Ritratto di Renato Gualino. Felice Casorati,

Se sentaba delante del espejo. Se quitaba la camisa, los pantalones y se quedaba horas delante, mirando. Sin mirarse. Esperando.

Se sentaba delante del espejo. Se quitaba el vestido, se recogía el pelo y se quedaba horas delante. Mirando. Mirándole. Desde el otro lado.

Antes de acariciarse por primera vez, ya se habían acariciado con las palabras. Antes de excitarse con las caricias, ya se habían excitado con risas y enfados. Antes de conocerse, ya se consolaban, se huían, se buscaban. Antes de caer en lo mundano, ya habían jugado a sorprenderse.

Se sentaban delante del espejo hasta que la palabra exacta les hacía saltar al otro lado. Porque en el espacio ingrávido donde todo sucede, nada es imposible, aunque lo sea, nada está mal, aunque lo esté, nada es peligroso, aunque duela. El tiempo sin segundos ni minutos en el espacio que no existe, que no es.

El cuadro, “Ritratto di Renato Gualino” [Retrato de Renato Gualino], Felice Casorati, 1923-1924.
Una canción, “Bajo el volcán” de Love of Lesbian.
Un libro, “Saber perder” de David Trueba.

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Cuando lo físico añora, lo digital acompaña.

Sofía bajó del avión y lo primero que hizo fue comprobar si había nuevos mensajes en Whatsapp, Messenger y Tuíter. No había deshecho las maletas aún y ya sentía el filo de la nostalgia. Para remediarlo, trataba de recomponer su cotidianidad a través de la pantalla, como si siguiese en el día a día de la gente a la que dejó atrás. Ese contacto digital le devolvía en parte el calor analógico que tardaría en recuperar. Cuando estaba lejos, el móvil era su casa.

“¿Y nunca has pensado en vivir en París?” le dijo tras liberar su labio de abajo de un leve mordisco. No, nunca lo había pensado y tampoco le apetecía entrar en el juego de tratar de averiguar si el comentario era fortuito o una propuesta velada, así que salió del atolladero sacando uno de sus temas favoritos: los libros. Volvieron a hablar de autores y de editoriales mientras jugaban a quitarse y ponerse la ropa. Sí, definitivamente esa era la última vez que se abrochaba los botones de la blusa hoy. Pero de nuevo la tela se escurría por su piel para iniciar por su cuenta una aventura en el suelo con una camisa de cuello impoluto y unos pantalones masculinos que favorecían tanto puestos como quitados.

Tres meses después aquella blusa coronaba la cima de camisetas de la última maleta que Sofía esperaba en las cintas del aeropuerto. No le quedó más remedio que pensar en vivir en París y decidir si le apetecía compartir el cajón de los calcetines con un número 44 de un pie que aún no se sabía de memoria. “Siempre me quedará Madrid” pensó al cerrar la llave del piso que seguía teniendo en la capital. Pagó 6 meses por adelantado para que la idea de no tener a dónde volver no se llevara todo el protagonismo del arranque de su aventura con su aventura parisina.

Llegaría el momento en el que Sofía pasearía a orillas del Sena sin buscar una señal wifi para su teléfono español. Pero cuando los jerséis sustituyeron a las camisas, Sofía seguía pegada a la pantalla, y el ansia con el que anhelaba cada respuesta solo era equiparable a sus ganas de huir y sus ganas de quedarse.

La luz de París es muy bonita para los amantes del color gris; para los demás, tiene una buena campaña de marketing. Cuando por fin los primeros rayos de sol de la temporada despertaron a Sofía antes que los besos del dueño del cepillo de dientes que vivía en el mismo vaso que el suyo, su instinto de empezar el día en Madrid se quedó dormido en la almohada mientras ella se entretenía en la esbelta y despejada nuca de piel morena que desafiaba a sus dedos a una carrera en línea recta por toda la columna vertebral.

Cuando Sofía volvió a su casa aquella tarde, dejó la baguette en la cocina, encendió spotify con la versión de Zaz de Sous le ciel de Paris y guardó su móvil español junto a las cosas y las casas que ya no volverían.

Un libro, “Una librería en Berlín” de Françoise Frenkel
Una canciónSous le ciel de Paris
La foto, es mía. De 2008. De cuando viajaba a París con frecuencia y no había hombres armados por la calle.

Abril. 2017

Es exactamente igual que el limbo en el que se quedan suspendidos los minutos en los aeropuertos.

El tiempo que no existe, que solo está.

Como el amanecer de los insomnes hasta que el despertador les legitima para abandonar por fin la cama.

Supongo que la ingravidez sabe a eso, también.

A agua con gas sin gas.

A no importa.

Ya no importa.

A desencadenarse y esperar a que nada suceda.

Un náufrago que no lucha contra las olas de un mar revuelto, porque no las hay.

Tampoco hay orilla a la que llegar.

Y flota. Ingrávido, también.

Whatever makes you happy…

Whatever makes you happy…

No habían visto “Antes del amanecer” y el inicio de su desmantelamiento de rutinas podría haber sido incluso anterior a la primera película de la trilogía de Linklater; su germen, tal vez.

Fue en una fiesta. O en un after.

Fue en un bar de Lavapiés.

En medio de una huelga de metro.

… whatever you want…

Era su cumpleaños.

Era su cumpleaños -otra vez-.

Era su cumpleaños. De nuevo.

Una llamada.

Cenar despacio y café para dos en el desayuno.

… so very special…

¿Sabés qué es esto? Amor efímero.

No hay más llamadas. No hay más contacto. No hay más huellas -de él- en su cama -de ella-. No hace falta. Porque en una fiesta. O en un after. O en un bar de Lavapiés. O en una huelga de metro. En su cumpleaños. Cenarán despacio y desayunarán con prisa el café para dos del desayuno.

El cuadro, “Nedick’s” de Richard Estes en el Museo Thyssen de Madrid.

La canción, Creep” de Radiohead.

 

 

 

 

María Dolores y la Deep Web

maruja mallo_cabeza de muller

La primera vez que María Dolores encendió un ordenador fue en un curso que daban en el ayuntamiento de su pueblo. Un pueblo pequeño en la parte más deshabitada de Castilla que buscaba en la digitalización del entorno la llegada de nuevos habitantes jóvenes y con ganas de llenar de nuevo la escuela local.

El profesor de informática fue paciente y atento con un grupo heterogéneo de alumnos que mostraba más voluntad que habilidad, a pesar de que aquellas clases que debía impartir habían sido negociadas por su abogado a cambio de evitar una enorme multa por hackear páginas ministeriales. “Ricardito, hijo -le decía Doña Asunción, su alumna nonagenaria- se me ha vuelto a estropear el teclado, solo me salen asteriscos al poner la contraseña”. Y el R1ch4rd, como el conocían en su medio, acudía solícito a recordarle a Doña Asunción lo de los asteriscos y las contraseñas, como si los asteriscos, en realidad, sirviesen para algo.

En los últimos meses María Dolores había aprendido a navegar por internet, había abierto una cuenta en gmail, una en facebook, se había asomado a twitter y se había abierto un blog. Un blog de cocina, no se le ocurrió qué otra cosa podría contar. Y ya que sus hijos e hijas no parecían demasiado interesados en seguir las tradiciones familiares a la hora de sentarse a la mesa -“mamá, entiéndelo, es imposible encontrar esos ingredientes en Finlandia” (en Finlandia, en Ohio, en Casablanca… No quedaba ni uno viviendo cerca)- podría contarle al mundo cómo se hacían las lentejas con chorizo de los lunes o las torrijas de Semana Santa o cómo incorporar la grasa de cerdo a las recetas para que tuviesen un sabor especial.

María Dolores también había aprendido a usar la nube, skype, los hang outs de Google, a comprar por internet… y la idea de buscar online un sustituto para su difunto Aurelio (quedioslotengaensugloria) le rondaba desde que María Pilar, su vecina de arriba y compañera de pupitre en las clases de Ricardito, empezase a llevar al baile de los domingos que daban en el pueblo de al lado a Tomás, un agricultor que vendía sus productos cultivados de forma sostenible y ecológica a través de una plataforma web y a quien había conocido en Tinder. María Pilar y Tomás estaban pensando montar un negocio -también online- de apadrinar ovejas y abejas. La gente de la ciudad podría comer el queso o la miel que saliese de los animales e insectos apadrinados y, con ese dinero extra, ellos podrían empezar a pensar en unir sus vidas además de unir sus fuerzas.

Ricardito AKA R1ch4rd estaba orgulloso de los progresos de sus alumnos. Sobre todo de los de María Dolores. Aprendía rápido, investigaba mucho, preguntaba poco y volvía a las clases del día siguiente con dudas que, a veces, a Ricardito le costaba un rato contestar. Ricardito fantaseaba con el día que a María Dolores le quedase pequeño internet y, entonces…

Vender o comprar órganos. Vender o comprar droga. Buscar a alguien para matar por encargo. Espiar al alcalde (pobre Benito, un trozo de pan). Acceder a secretos de Estado. Descarga de contenidos con y sin derechos de autor. María Dolores no daba el perfil de necesitar ninguna de estas cosas. Tampoco sabría en qué categoría clasificarlas para confesarse con el cura del pueblo después -Don Gregorio iba francamente retrasado en las clases de informática, no lograba pasar de la web del Marca y la clasificación de la liga de fútbol-. Pero, lo más importante, es que no sabía que todo eso se podía hacer a golpe de clic y, aunque lo hubiese sabido, no lo habría hecho.

Ricardito tenía prohibido usar Tor. Era parte del acuerdo al que su abogado había llegado cuando no fue suficientemente bueno hackeando la web del Ministerio de Asuntos Exteriores para pedir ayuda  para los refugiados sirios y afganos. Él no podía usar Tor y no podía entrar de forma segura en la deep web. Estaba siendo monitorizado y lo sabía. Pero María Dolores. Ay. María Dolores.

“Hoy vamos a hablar de seguridad, de hackers, de la deep web”. Ricardito comenzó el lunes con una clase teórica y dejó para el final de la mañana resolver las dudas que sus alumnos traían de un fin de semana de devoción delante de sus equipos haciendo las tareas que el profesor les mandó el viernes. María Dolores parecía distraída. Miraba con frecuencia su teléfono donde Ricardito pudo entrever corazones verdes y cruces rojas. “María Dolores, necesito que se centre usted en la clase de hoy” reprendió a su alumna favorita. María Dolores enrojeció cabizbaja y no volvió a separar su mirada del profesor y de lo que estaba contando.

En la pausa para el bocadillo se disculpó con el profesor quien aprovechó este momento de debilidad para tantear a María Dolores en temas políticos y evaluar, así, si sería posible convertirla a ella en la ejecutora de sus planes.

El primer día que María Dolores abrió Tor y entró en las direcciones que había apuntado tras la enésima clase privada y teórica que Ricardito le había dado, fue como entrar en un piso de estudiantes Erasmus después de la fiesta de despedida. Por un descuido, casi termina comprando un riñón con los bitcoins que le habían prestado unos amigos de Ricardito. Otro descuido y casi compra MDMA para toda la comarca. Su misión ese día consistía solo en navegar. En pasear. En moverse de un sitio a otro por el directorio que estaba activo esa semana. Pero no pudo evitar ver enlaces que no debería haber visto. Aunque estaba bien aleccionada sobre lo que debía o no hacer, la navegación tan poco directiva le llevaba una y otra vez a sitios que le costaría quitarse de la cabeza.

Pasaron las semanas y María Dolores seguía entrando a ratos sueltos a Tor. Ricardito ya casi la había convencido de la utilidad política que podía tener sobre todo para movimientos anarquistas como el suyo y María Dolores no había tardado en simpatizar con unas ideas que le recordaban tanto a las de su difunto Aurelio. Sin embargo, María Dolores, que no quería líos, se había convertido en la madre y la abuela universal del deep web. En medio de aquel guirigay de personas donde se mezclaba lo peor con lo mejor de cada casa, María Dolores había abierto un consultorio sobre todas las cosas cotidianas que se le escapaban a los hackers más avezados. Hablaba allí sobre las recetas que sus hijos nunca cocinarían, resolvía dudas sobre temas domésticos a hackers que nunca se habían tenido que enfrentar con una mancha de grasa en los pantalones vaqueros o que no sabían si los huevos estaban frescos o no, pero que sin embargo sabrían alterar el sistema de seguridad de una central nuclear en pocos minutos. “Mira, Alfa33, te he dicho muchas veces que no me andes con los del ISIS, que no son trigo limpio, haz el favor de dejarte de tonterías”. Ese era el poder de María Dolores en la deep web. “Oráculo25, deja de estafar a las personas, en lo que va de mes has vendido 25 veces tu riñón, y te estamos viendo”. También se creó un grupo de consumo que fue inmediatamente el cliente principal de María Pilar y Tomás quienes, con tantos clientes veganos, tuvieron que ofertar la posibilidad de apadrinar perales y manzanos además de ovejas y abejas.

María Dolores no se convirtió en una activista política, como pretendía Ricardito, pero se convirtió en el soporte práctico del lado no malo de la deep web.

El cuadro, “Cabeza de muller” de Maruja Mallo (1941).
La canción con la que empecé a escribir este cuento: “Dzovarev” del disco 15 de Ara Malikian.

La semilla de este cuento la han puesto Xiana y Puri. De nuevo. 

El desagüe de dios

Taiga es contable y tan ordenado en sus cuentas como en su armario donde cuelgan 7 camisas blancas, 3 pares de trajes negros y 2 corbatas del mismo color.

Taiga  es también un hombre ordenado en sus costumbres, en su higiene, en sus horarios y en su vida. Un hombre meticuloso que, a sus 35 años, encuentra la paz en un orden predecible en mitad de una ciudad efervescente, colapsada y ruidosa.

Taiga combina las cuentas con los culos. No como un fetichismo propio de personas que se mueven por impulsos ni como una parafilia más propia de personas que no son capaces de controlar cada segundo de su vida y su pensamiento. Simplemente los culos están en su cabeza desde que empezara a quitarle la ropa a las muñecas de sus hermanas.

Taiga desayuna una sopa miso a las 5:30 h de la mañana antes de meterse en la jungla de raíles que es el metro de Tokio en hora punta. A las 6:30 h está frente a un faraónico libro de excel y a las 12 h sale a comer. Los lunes y jueves come ramen en un restaurante de culos. De culos de plástico. La sopa japonesa emerge de un ano de plástico y dos cachetes, de plástico también, sujetan su cara mientras deglute la comida. A Taiga no le parece atractiva la comida occidental. Aunque le ofreciesen 12 sándwiches de la cadena española Rodilla, no encuentra ningún atractivo a comer crema batida entre pan de molde. Sin embargo, beberse una sopa que sale de un culo es algo que considera no solo normal y correcto, sino apetitoso.  Taiga no invierte demasiado tiempo en fantasear, le parece una pérdida de tiempo y está más cómodo en su mundo de sumas y restas, así que nunca se ha parado a pensar de dónde vienen los culos de plástico de donde come los lunes y los jueves.

Todos los días a las 4 de la mañana Wataru, el dueño del restaurante de culos de plástico frecuentado por Taiga, acude al mercado de abastecimiento a comprar las materias primas de la comida que prepararán durante la jornada. Cuando ha terminado con el pescado y las verduras, entra en una sala contigua al mercado, pequeña y demasiado bien iluminada, a comprar palillos, platos, vasos y culos de plástico. Los culos se desgastan con rapidez y es necesario reponerlos prácticamente a diario. Cada cliente tiene sus preferencias y Wataru elige cada culo uno a uno con sumo cuidado. Acerca su cara, los toca, huele el plástico, se asoma por el ano. Hay distintas formas, distintos tamaños, distintos tonos de piel y todos ellos tienen que ser el plato perfecto donde se servirá su delicioso ramen. Aunque no sean platos y no podamos decir que se en ellos “se sirva”, exactamente.

Taiga nunca se ha planteado si tiene una patología. No se le ha ocurrido psicoanalizarse, no ha oído hablar de la etapa anal de Freud -de sus teorías, no del padre del psicoanálisis- y ni siquiera se le ha ocurrido pensar que quizá debería complementar si no sustituir los culos de plástico por culos reales más allá del restaurante de los viernes -donde el postre es un beso negro, pero esta vez carnal-.  Taiga no mezcla los culos con el amor porque el amor no se puede controlar, por tanto no lo quiere en su vida.

A Taiga le gustan los culos. También los de plástico. Sin más.

La foto Prayer [La priere]” de Man Ray (1930)
Una canciónAll about that bass” de Meghan Trainor

Este cuento no habría sido posible sin el contexto de una semana muy escatológica en el Otujo bueno y sin que David me hubiese enviado esta noticia (que no sé si es fake, la foto es más antigua de lo que pone la noticia) y hubiese puesto las miguitas de pan para que naciera el cuento (además del título). 

 

L’orage

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Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, hay un lugar al que volvería: tus brazos. Tus manos cansadas de bucear entre libros. Tu espalda desplomada entre tu almohada y la mía, buscando el descanso que no conoce fuera de nuestra cama.

Recuerdo en rojo las noches de tormenta en la cima del edificio de cristal y vuelo en mi memoria a tu moto huyendo de la lluvia, quitándonos apresurados la ropa en el ascensor que sube directo hasta la planta 23, convirtiendo el desnudo circunstancial en otra excusa para recorrer la casa a horcajadas en un barullo de brazos, piernas y gemidos.

Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, veo de nuevo los primeros copos de nieve posándose en tu barba, en mis cejas y mi mano dentro de tu mano guiándome al centro de tu universo por primera vez. Los amigos, las familias, los espacios, los conciertos. El agua helada. Un vermú.

Desayunábamos en un motel de carretera, “como en las películas” dijiste. Como en las películas, pensé. Volveríamos unos días después a Madrid y sus rutinas. Acababa la escapada entre pancakes y caramelo líquido, camareras de uniforme rosa, barra libre de café aguado y huevos con bacon.

Cuando el viento percute la persiana contra el cristal, pienso en los miles de kilómetros de distancia. En tu gesto rabioso y los ojos cubiertos de lágrimas. “Pero ¿cómo te vas a quedar aquí, tú sola?”. Me quedo. Aquí. Yo sola. A miles de kilómetros de tu universo, nuestra cama, tu espalda, tu abrazo, las rutinas compartidas y los planes de futuro. Me quedé. Aquí. Yo sola.

Una tarde de verano, por primera vez desde nuestro último desayuno, no fue a ti a quien acaricié. Lloré a oídos sordos del viento entonces inerte y golpeé la persiana presa de mi propia tormenta.  Llegarían otras caricias y otros acentos. Otras costumbres y otros desayunos. Nuevos sonidos tras la ventana, nuevos universos extraños, nuevas huidas, nuevas palabras de amor. New Orleans.

Pero es a ti a quien busco cuando el viento percute la persiana contra el cristal.

El cuadro, “The musician” de Tamara de Lempicka

Una canción: “Jesus, etc.” de Puss N Boots

Lo efímero

La sorpresa del trigo. Maruja Mallo
La sorpresa del trigo. Maruja Mallo

Echo de menos el sonido de la guitarra en la habitación de al lado, que es la forma más bonita que recuerdo de soledad acompañada. Tú allí, tan allí, tan en tu mundo. Y yo aquí, en el mío. Tan en el mío. Y las notas que nos unían en la cotidianidad compartida separada por una pared de pladur horas antes de volver a encontrar nuestros pies fríos bajo el edredón.

Nunca te lo dije, pero me parece una gran mierda todo lo que tiene que ver con lo nuestro.

Los actimel caducados en el fondo de la nevera. Las vistas al mar donde ya nunca espero reconocerte en el último baño de la tarde. La guerra entre vinilos y películas por ocupar un puesto ordenado en la estantería del salón. “¿”Harold y Maude” es tuya o mía?”. A tu caja. Qué más da.

Pensar que no habría final en este mundo donde todo acaba cada vez más rápido habría sido tan iluso como creer que no tenían importancia la pulcritud repentina, los besos que dejamos de darnos, la atención distraída y la mirada vestida de languidez y lágrimas de nuestro último viaje en aquel feo coche familiar que compraste el verano anterior.

La chaqueta de rayas ya no está colgada detrás de la puerta, pero he sido incapaz de quitar la percha o de cambiar de casa. Aunque, quizá, ya cambié. Cambié cada una de las veces que al despertar besé en un hombro una piel que no era la tuya. Con otro olor. Y otro sabor mezclado con el mío. Cambié de casa cada vez que subí la persiana a media mañana renunciando a la luz de los amaneceres norteños que visten de rosa mis muebles blancos. Los tuyos, tus muebles, aguardan ahora en un almacén a que termines la gira, tu viaje a ninguna parte.

Vuelvo a mis planes y a mis libros. Mañana entrego el quinto volumen de la saga que empecé cuando todavía no eras ni siquiera una posibilidad. Cuando me elegías lecturas sin saberlo y yo paseaba de la mano de la persona equivocada atravesando Berlín. Vuelven los viajes, las entrevistas, los programas de televisión. Y saldrán titulares que me recordarán que fracasé. Que fracasamos. Que no supimos nadar cuando todo era agua porque, en el fondo, los dos, lo mejor que hacemos es hundirnos.

El cuadro, “La sorpresa del trigo” de Maruja Mallo.

La películaHarold y Maude” dirigida por Hal Ashby en 1971.

Un libro, “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez.

Una canción, “Oda al amor efímero” de Tulsa.